Libro de estilo masónico
INTRODUCCIÓN
Los «libros de estilo» nacieron de la mano de los medios de comunicación, especialmente de los periódicos, con la intención de unificar las formas y el método de transmitir la información.
Con el tiempo quedó clara su utilidad para canalizar estructuradamente los enormes caudales informativos que la sociedad genera, facilitando una comprensión más rápida entre tanta señal informativa y marcando al mismo tiempo unas pautas de calidad inherentes a cada medio.
La fórmula del «libro de estilo» se extendió a otros ámbitos del conocimiento para desembocar de un modo científico en las conocidas como «normas de calidad» (ISO, IEC, UNE, etc.).
Hoy, casi cualquier rama del saber tiene sus propias herramientas organizativas, sus fuentes reguladoras, sus referencias… Sin embargo, hay una que por diversos motivos no ha desarrollado ninguno de estos medios. Es la masonería, que por no tener correctamente regulado no tiene ni su propia definición en el diccionario. Explica el DRAE que francmasonería es una «Asociación secreta de personas que profesan principalmente la fraternidad mutua, usan emblemas y signos especiales, y se agrupan en entidades llamadas logias».
Partiendo de esta base reguladora formal y oficial es difícil avanzar en la «normalización» de la orden masónica. Si somos una asociación secreta —chocantemente inscrita en los registros de asociaciones culturales de España y de tantos otros países—, ¿cómo podremos crear una estructura pública, común y coherente de nuestros conocimientos? Si ya de antemano estamos definidos frente a la sociedad como una «asociación secreta», ¿cómo podremos ser capaces de familiarizar a la sociedad con nuestra obra?
La masonería tiene la desgracia de partir de una base un tanto pantanosa, unos orígenes algo inciertos en los que el mito y la realidad están fuertemente entrelazados. Hace tiempo, alrededor del siglo xvi, hubo una asociación de tintes esotéricos con un nombre que define bastante bien la masonería: «La Sociedad de la Bruma». Este nombre romántico y misterioso simboliza en buena medida lo que la masonería sigue siendo a ojos de la sociedad: algo un tanto nebuloso.
Reconociendo que entre la bruma ha sido algo difícil ordenar nuestro método de trabajo, parece claro que va llegando el momento de aplicar la herramienta de la razón —tantas veces reivindicada por nosotros mismos— al tratamiento práctico del legajo masónico. Lo razonable es utilizar los conocimientos actuales de la gramática, la historia, la informática… con los contenidos filosóficos heredados a través de la cadena de unión de generaciones de masones.
Esta orden, de tan difícil definición —hay que reconocer también—, se enfrenta paralelamente a otro problema en su camino hacia la ordenación y el esclarecimiento de sus valores. Se trata de una buena parte de los propios masones. En este gran engranaje humano, nos encontramos con muchas piezas que consideran que la masonería debe permanecer entre la bruma mientras exista. Para ellos, la esencia de todo esto se basa en el «secreto», independientemente de si éste existe realmente o de si tiene algún valor en sí mismo. En realidad casi les gustaría que la definición del diccionario fuera aún válida, y que todos volviéramos a la clandestinidad.
Son muchos, desgraciadamente, los que siguen empeñados en crear represas del conocimiento, guardando en los cajones de sus casas montones de fotocopias con una documentación «pretendidamente» secreta o exclusiva, que ni lo es, ni despierta el interés de nadie. Viven suspendidos en una idea romántica de la exclusividad del conocimiento que en la era de Internet y de la igualdad de acceso a la cultura resulta, sencillamente, ridícula.
Esta actitud hermética —banalmente hermética— ha sido un obstáculo durante mucho tiempo en el proceso de «naturalización» de la información masónica.
Hoy en día se necesitan obras prácticas de referencia en todos los campos del saber; la masonería no va a ser menos. Y para que estas obras puedan tener una calidad a la altura de los tiempos, es necesario que salga a la luz, la luz con minúsculas, mucha de la información que se sigue escondiendo tontamente.
El ejemplo más claro de esta manía oclusora lo tenemos con los rituales, los instrumentos realmente clave del trabajo masónico. La masonería existe gracias y alrededor de los rituales. Sin éstos pasaríamos a ser una cofradía más, no muy distinta de cualquier cofradía de amigos de la caza o del vino.
Lamentablemente, los rituales siguen siendo el objeto más oculto y deseado de la masonería, aunque con el pequeño matiz de que tal objeto de deseo lo es solo para los masones, porque el profano no tiene ni idea de qué son, para qué sirven, ni mucho menos quiere perder su tiempo leyéndolos.
Como resultado de esta ocultación paranoica de los rituales, estos documentos casi nunca se han visto beneficiados por los conocimientos prácticos actuales de la ortotipografía, por ejemplo, o de la historiografía. Todos los masones sabemos que la mayoría de los rituales están, literalmente, llenos de errores de toda índole, incluidas sonoras faltas de ortografía que deberían enrojecer a cualquier masón que tenga que verlas en cada tenida sin posibilidad de corrección en base a su pretendida inalterabilidad.
La ausencia de información y referencia a este respecto es tan clamorosa que se dan situaciones realmente absurdas —y cómicas—, como la de la respuesta de un maestro masón a una consulta de tipo ritual que le hizo un compañero: «lo he consultado en el libro de Ricardo de la Cierva, y no venía nada». El maestro se refería al famoso libro antimasónico El triple secreto de la masonería, que presume de tener —y tiene— unos rituales completos de la masonería. Lo grave es que la anécdota es verídica, y que el gran beneficiado en todo esto es el propio Ricardo de la Cierva, que vive muy a gusto a expensas del infantil secretismo de algunos masones.
Yo mismo, mientras trabajaba en la elaboración de este libro, me encontré con esta inconsciente sinrazón al pedir inocentemente a una hermana masona que me permitiera ver alguna documentación de su obediencia para estudiar cómo enfocaban el tratamiento de los femeninos. La hermana en cuestión me contesto con cierto estiramiento que podía deducir por mis palabras que ya había habido algún irresponsable que me había dejado ver documentación masónica —¡a mí, que también soy masón y maestro!—, pero que ella ni hablar, rematando su negativa con una frase para no olvidar: «el protocolo y el rigor son mi firma». Y con esto quedaba cerrado mi acceso a una documentación pretendidamente iniciática y secreta, con toda probabilidad muy mejorable en sus formas.
En realidad, «el protocolo y el rigor» son libros como éste, los libros que buscan el esclarecimiento y sirven de ayuda para todos los masones. A los profanos, vuelvo a decir, todo esto les interesa bien poco. Además, ¿es que un profano, o un aprendiz, se van a convertir en maestro masón por conocer la palabra sagrada de ese grado?
La aportación que hacen libros de referencia, como éste, es muy necesaria hoy en día en la masonería. El problema es lo reducidísimo que está el panorama editorial a este respecto, especialmente en el área lingüística del español.
La presente obra, sin pretender establecer ninguna norma incontestable, ni ser excluyente con otras teorías o planteamientos, busca servir de ayuda en muchos aspectos prácticos del trabajo masónico en donde el propio masón y el investigador encuentran muy pocas referencias, principalmente por los motivos antes reseñados.
El primer conocimiento, digamos «técnico», necesario para el tratamiento de la documentación —cualquiera que sea— es la simple y llana «ortografía», ampliada por un concepto más amplio, la «ortotipografía», el conjunto de usos y convenciones particulares por las que se rige en cada lengua la escritura mediante signos tipográficos. A este aspecto tan primordial, pero a la vez tan desconocido, se dedica una buena parte de esta obra. El método ha sido bien lógico: aplicar la ortotipografía general a los supuestos ortotipográficos de la documentación masónica. Aunque parezca increíble, la mayoría de masones todavía no tienen claro si el nombre de las logias, por ejemplo, debe escribirse entre comillas, en cursiva, o cómo. Muchos incluso se aferran a invenciones y usos propios que ya creen incuestionables, pero en las reglas ortotipográficas generales ya está contemplado prácticamente todo. No hay más que aplicarlas, y aquí se enseña cómo hacerlo en sana comunión con las reglas ortográficas de la lengua española.
Mejorando las formas externas de la documentación masónica lograremos dar una imagen mucho más respetable de la masonería ante el mundo. Todos esos documentos masónicos que hoy nos representan en elementales fotocopias, llenas de errores, de faltas, con una maquetación de nivel escolar, sin el acabado profesional de cualquier documento técnico, científico o humanista moderno, no hacen más que poner en evidencia una gran precariedad cultural, por mucho que la escondamos en la bruma.
En esta amplia sección dedicada a la ortotipografía, se hace una defensa —y una clara reivindicación— de una figura ortográfica única: los tres puntos masónicos (#). No existe otro signo que identifique más rápidamente un contexto cultural que esta simbólica formación de puntos. Su utilidad gráfica es extraordinaria, encerrando con maravillosa sencillez toda una simbología filosófica. Sin embargo, probablemente por desidia y falta de rigor, su uso tiende a la extinción, llegándose al caso de obediencias que expresamente reniegan y proscriben su uso. Bien es cierto que muchas de ellas no los llegaron a usar nunca, pero esto no excluye la posibilidad, aún a tiempo, de recuperarlos y hacerlos suyos con plena legitimidad.
La recuperación y conservación de este tipo de valores únicos, y a menudo despreciados, es, precisamente, uno de los pilares argumentales de obras como este libro de estilo.
En la misma línea de necesidad de referencias en el uso de las diferentes técnicas lingüísticas, resultaría inexcusable pasar por alto los medios informáticos con que se gestiona la documentación. Así, en otra sección de esta obra se abordan los aspectos, no por generales mejor conocidos, de Internet y el correo electrónico. ¿Sabemos bien cómo estructurar un mensaje de correo electrónico? ¿Estamos seguros de cómo hay que encabezarlo, con qué expresión debemos saludar y con cuál debemos despedirnos en el contexto masónico? ¿Sabemos hacer una firma electrónica, que además cumpla con la ley en materia de protección de datos? Si analizamos por un momento la bandeja de entrada de mensajes de nuestro programa de correo veremos que ¡en absoluto! Muy pocos mensajes mantienen una corrección técnica mínima. El reciente concepto de netiqueta, palabra derivada del francés étiquette (buena educación) y del inglés net (red) o network, que engloba al conjunto de normas de comportamiento general en Internet, es todo un mundo, desconocido para muchos, de buen gusto y estilo en nuestra interrelación con Internet. Quien lo conoce y usa ofrece una imagen de educación y exquisitez cultural que debería ser consustancial al masón que pretende y debe ser ejemplo para la sociedad.
La obra se completa con un estudio práctico sobre los antiguos documentos masónicos, los «Antiguos Deberes» u Old Charges, de gran interés histórico en el ámbito de la masonería, así como con otras secciones de conocimientos urgentes y prácticos, como pueden ser listas con los grados de diferentes ritos masónicos, vocabularios y listas de conductas ampliamente usadas en la masonería.
Un libro de estilo debe ser un referente práctico, esquemático, directo, objetivo e imparcial que podamos tener a mano sobre la mesa de trabajo. Eso es lo que busca y pretende conseguir esta obra, junto con la aspiración, quizás más alta, pero más importante también, que muchos masones tenemos a día de hoy: esclarecer lo que es la masonería a los ojos de la sociedad, situarla en el contexto de cultura filosófica e inciática que la caracteriza íntimamente, lejos de pueriles oscurantismos y estéticas brumosas, y lo más cerca posible de las ciencias humanas tradicionales.
Javier Otaola, todo un referente masónico e intelectual, me lo definió muy gráficamente: «tenemos que conseguir sacar los libros de masonería de la estantería de ocultismo de las librerías».
Ésta es un poco la intención de la obra que tiene en sus manos: ayudar en la urgente y necesaria labor de esclarecimiento de la masonería a ojos de los propios masones y de la sociedad a la que pertenecen.
Textos Fundamentales de la Masonería
Estudio preliminar sobre los textos históricos de la masonería
Los documentos histórico s más antiguos que sirven para articular y comprender la Francmasonería se conocen como Old Charges, término normalmente traducido al español como «Antiguos Deberes», aunque más exacta, quizás, sería la traducción por «Antiguas Responsabilidades». A través de su estudio, hoy podemos trazar una línea continua histórica que une la masonería «especulativa» actual con su predecesora, la «operativa», sirviendo de prueba palpable sobre la estrecha vinculación de ambas.
Estos Antiguos Deberes constan de unos ciento treinta manuscritos fechados entre 1390, fecha del Manuscrito Regius, el más antiguo en su género, y el primer cuarto del siglo xviii, época de las universalísimas Constituciones de Anderson. En la presente obra, no obstante, se ha ido más allá al incluir, por ejemplo, las Constituciones de York del año 926, consideradas como el primer documento constituyente de la masonería operativa, y, por tanto, documento clave y «fundamental» de ésta, así como algunos otros escritos posteriores al conocido documento de Anderson —y Désaguliers—, también acreedores por sí mismos de un valor histórico fundamental para nuestros días, como son los Landmarks de Mackey de 1858.
No todos estos documentos se conservan completos. Aunque algunos sí han llegado íntegros a tiempos presentes, y en su soporte de redacción original, como es el caso de los impresionantes Estatutos de los Canteros de Bolonia, que datan nada menos que de 1248, la mayor parte apenas son trozos de pergaminos, hojas sueltas desprendidas o arrancadas de algún libro o extractos de actas de alguna logia, prácticamente destruidos por el paso del tiempo o por diversos avatares. Con toda seguridad, por ejemplo, en el gran incendio que asoló Londres en el año 1665 se perdieron incontables manuscritos que hoy serían valiosísimas pruebas documentales. Solamente la logia anexa a la catedral de San Pablo (Saint Paul’s Cathedral) podía albergar centenares de ellos. También la acción del hombre contribuyó en gran medida a la pérdida de muchos tesoros históricos. A la mano consciente y deliberadamente destructora del conocimiento de unos se une la acción incomprensiblemente censuradora de otros, como es el caso de la quema de documentos relacionados con la masonería operativa que en su día llegó a hacer el propio Jean Théophile Désaguliers, principal redactor de las Constituciones de Anderson.
En general, los Antiguos Deberes recogen normas que regulaban el exclusivo arte de la construcción en unos tiempos en los que la transmisión de los conocimientos no era fácil. De hecho, muchos de ellos ni siquiera se escribieron en el momento de su concepción, sino, incluso, siglos después, conservándose su conocimiento gracias a la transmisión oral de logia en logia. Téngase en cuenta, además, que la custodia del «saber» estuvo durante muchos siglos en manos de la Iglesia, poco favorable siempre a la tenencia misma de la sabiduría y, mucho menos, a su libre circulación entre los hombres.
Prácticamente todos los Antiguos Deberes son traducciones de variantes del inglés más o menos arcaico al inglés actual. Gracias a estas traducciones y a su análisis, hoy podemos saber cómo se organizaban los constructores —los masones o albañiles— del gran período arquitectónico que se extendió por Europa principalmente del siglo x al xvii. La masonería operativa, aquella que construía material y físicamente los templos y las edificaciones nobles, debe mucho a esta documentación, un poco «sindicalista», que regía su vida y obra.
Por prudencia, por miedo o por costumbre, los textos de los Old Charges, de los Antiguos Deberes, suelen estar redactados en una marcada clave de religiosidad cristiana, característica claramente medieval y, en realidad, reflejo de la era que les dio razón de ser.
El mensaje de fondo, el pragmático, es decir, la organización del trabajo, las reglas, obligaciones y derechos de los masones —operativos aún— venía a veces enmarcado entre referentes de carácter histórico y, con frecuencia, otros más bien de gusto legendario o mitológico. Su finalidad no debía ser otra que la de «formar» en la medida de lo posible, y, especialmente, dar un cierto sentido de exclusividad, de conocimiento esotérico y restringido, con el fin de unir y, quizás, hermanar a quienes tuvieran la «fortuna» de poder compartir determinados conocimientos pretendidamente exclusivos. En muchos casos, entre tanto ornamento histórico y legendario, saltan a la vista auténticos errores historiográficos, incongruencias cronológicas o fusiones inaceptables de verdad e invención. Tampoco ha de sorprender esto demasiado si tenemos en cuenta el precario sistema de transmisión del legado instructivo al alcance de la mano de quienes no eran ni clero ni nobleza.
En cuanto a la temática de la parte histórica de los manuscritos, aunque variada, existe cierta preferencia, constatada en varios documentos, por la construcción del Templo de Salomón. No faltan tampoco alusiones a otras construcciones del marco bíblico, como la Torre de Babel, o relacionadas con personajes del mundo gnóstico, como Hermes Trismegisto. Y por lo que se refiere a la latitud geográfica, la preferencia es Egipto, poseedor de un patrimonio arquitectónico de formidable antigüedad, sin olvidar el mundo clásico de Grecia y Roma, o el simbólico y codiciado Israel, la «Tierra Santa», en continuo litigio entre los dos grandes y más beligerantes orbes religiosos de la humanidad: cristianismo e islamismo.
Es muy frecuente que los manuscritos comiencen con alguna clase de invocación religiosa, e incluso plegarias, de obligada recitación a veces para los masones dentro de las Logias. Naturalmente, a diferencia, de la práctica especulativa actual de la masonería, que alienta, o defiende, o admite cualquier religión, en la masonería operativa europea de su tiempo solo tenía cabida la religión cristina, promotora, hay que reconocer, de las grandes construcciones sagradas y monumentales.
La sociedad gremial de los constructores tenía, siguiendo la tradición, algunos santos que la protegían, como era el caso de San Albano —St. Alban—, que amparaba, según diversos manuscritos, a los constructores de la Inglaterra medieval. La participación o referencia santoral es una constante en la documentación que forma los Antiguos Deberes. Incluso en las construcciones «no sagradas», como palacios o fortalezas, es habitual la conexión divina en un grado de mayor o menor misticismo. La sociedad laica era, por entonces, algo impensable, y es difícil concebir una obra de creación de la espectacularidad de aquellas edificaciones que se viera exenta de alguna forma de juramento bíblico. Son muchos los manuscritos que relatan o explican alguna forma de juratoria.
El juramento es, además, algo inherente e ineludible en la preservación del secreto, y, más concretamente, en la práctica de la iniciación que suponía ser admitido en el muy respetado y noble oficio de la construcción.
Pero, al margen del envoltorio histórico, místico e iniciático de los Antiguos Deberes, en el fondo con una intención meramente introductoria y ornamental, el cometido de este conjunto de manuscritos no era otro que organizar a todo un gremio, el de la construcción, vital para el poder repartido entonces entre nobleza y clero, y garantizar su perpetuación por los siglos y en bien del mismo poder. No en vano son varios los documentos que están auspiciados y motivados por el propio monarca, autoridad indiscutible medieval, como es el caso del príncipe Edwin, hijo del rey Athelstan, que llegó a constituir una asamblea general con el fin de organizar y dar forma a un nuevo código de leyes destinado a regir el noble Arte Real.
El fin último de los manuscritos de los constructores eran los «deberes» —o responsabilidades, como decíamos al principio— de éstos para con el gremio, para con la sociedad en sí misma, garantizando su desarrollo arquitectónico. No es para olvidar el hecho de que las civilizaciones se miden más por su imagen y rastro arquitectónicos que por cualquier otro criterio, forzosamente menos visible para las generaciones posteriores que las juzgarán. Egipto es, quizás junto con la Grecia clásica y Roma, el ejemplo más notable de civilizaciones altamente reconocidas en todos los aspectos de su existencia. Recordemos, por otra parte, que hubo otros grandes imperios, pero solo lo fueron de fuerza y dominación, no de cultura, como es el caso del terrible imperio de los mongoles del Kublai Khan, de los vikingos o, en otra medida, pero no menos feroz, del imperio otomano, que no dejaron huella en el registro histórico de la humanidad al no haber desarrollado el más duradero de los símbolos de cultura: la construcción.
Un primer estudio a vista de pájaro de lo que se conoce como los Antiguos Deberes parece demostrar que, en su mayoría, los textos que los forman no dejan de ser trabajos de recopilación y ampliación de unos articulados con otros. Efectivamente, la repetición, la superposición e incluso la fusión de documentos es una constante en la larga cadena de manuscritos de los constructores. Parece claro que incluso las piezas documentales más antiguas, incluida la de más antigüedad hoy reconocida, la Constitución de York del año 926, es fruto de la cocción literaria de otros cartularios o legajos más antiguos aún, sin querer con ello señalar ningún menosprecio a la calidad y valor histórico de todos ellos.
Pero, en realidad, al margen de lo que es el estudio propiamente histórico de estos documentos, lo realmente trascendental para la masonería especulativa actual es comprender la función que tenían dichos manuscritos dentro de las logias de cada época y de cada lugar. Las conclusiones históricas tienen una enorme importancia a la hora de dibujar la crónica general de todos esos siglos en el ámbito de la construcción y de la evolución misma de las sociedades, pero entender su razón de ser dentro de su propia utilidad práctica, su origen, su singularidad frente a otros documentos gremiales, ayudará bastante más, seguramente, a explicar muchas de las particularidades de la «construcción especulativa» de nuestros días.
Por lo general, los Antiguos Deberes —hay quien prefiere referirse a ellos siempre por su nombre original en inglés, Old Charges— se componen de una primera parte en forma de invocación religiosa (cristiana) o incluso de una pequeña plegaria, un cuerpo central de carácter histórico, en el que, en mayor o menor medida, se aporta un relato sobre la historia del propio oficio de la construcción, y, finalmente, una relación de los «deberes» u obligaciones que los masones contraían con su logia en el momento de su ingreso.
No parece muy probable que se leyera todo el documento o documentos cada vez que se producía una nueva incorporación de un obrero a la construcción, aunque sí resulta razonable creer que, como mínimo, las logias, el centro neurálgico de los equipos constructores, debían guardar con gran celo aquellos documentos que adoptaban para regir su modus operandi. Esto no excluye que el maestro de obras leyera a los recién llegados al menos la última parte de dichos documentos, es decir, la relativa a los «deberes» de los masones. Es posible, también, que la lectura de estos documentos se hiciera dentro de una puesta en escena más o menos iniciática. Sabemos que los constructores medievales, tenían, dentro de sus limitaciones como clase obrera, un particular prestigio y reconocimiento social y, especialmente, del clero y la aristocracia, su clientela natural y, por entonces, única.
En un símil un poco aventurado se podría decir que la posesión de alguno de estos manuscritos normativos —Old Charges— por parte de un equipo constructor, venía a representar una suerte de «certificación de calidad» como las que actualmente existen en la empresa moderna y que, en realidad, no dejan de ser una declaración de intenciones sobre cómo fabricar un producto o prestar un servicio. Su sola posesión creaba un halo de autenticidad a los ojos tanto de contratantes (nobles y miembros de la Iglesia) como de contratados (obreros masones o albañiles), una garantía en la que confiar, un sello de calidad, en definitiva.
Llegados al día de hoy, el enorme arco documental que forman estos manuscritos sirve —después naturalmente de su valor cronístico— un poco a modo de jurisprudencia masónica, una jurisprudencia que, es evidente, no existe en ningún otro oficio por ancestral que sea. Pero, a pesar del gran volumen de contenidos para su estudio que se desprende de toda esta documentación, las investigaciones verdaderamente rentables, desde el punto de vista práctico, no comenzaron hasta mediados del siglo xix.
Por entonces, y no deja de ser curioso el hecho, había constancia de muy pocas relaciones de documentos. Una de ellas, tal vez la primera conocida, fue la lista de 32 manuscritos recopilados por William James Hugham en 1872, que posteriormente, en 1895, consiguió aumentar a 66. Hasta 1914 no se conocería un «censo», por decirlo de algún modo, suficientemente exhaustivo de documentos históricos de la masonería —operativa y especulativa— gracias al inestimable trabajo de Albert Gallatin Mackey con la versión nueva y revisada de su monumental An Enciclopaedia of Freemasonry and its Kindred Sciences (Enciclopedia de la Francmasonería y sus ciencias afines), obra en la que llevaba trabajando desde 1873.
Por su parte, la primera y más importante Logia de investigación del mundo, Ars Quatuor Coronatorum, fundada en 1886 con el número 2076 de Inglaterra, también reunió y publicó en su volumen XXXI, de 1918, una completa lista de 98 documentos (Old Charges and Ritual, R.H. Baxter). Probablemente se trate de la relación más «fiable» de cuantas se encuentran hoy disponibles. Entre otros aspectos interesantes desde el punto de vista de la investigación, destaca el hecho de que la relación ofrece datos precisos sobre dónde se reprodujeron los documentos y en qué fecha.
Ya mucho más recientemente se han publicado diversas relaciones de documentos más o menos exhaustivas, como la muy interesante y científica lista de manuscritos recopilada entre 1999 y 2002 por el investigador Lee Miller. En este trabajo, Miller clasifica los documentos por fecha, familia, rama, tipo, categoría y otros criterios más aún, lo cual confiere a la lista un valor de estudio ciertamente atractivo.
La Iniciación
Algunas precisiones sobre la Iniciación masónica
Textos: Gran Logia Simbólica Española (www.glse.org)
Fotos: Sebastián Utreras (www.sebastianutreras.com)
La iniciación masónica no es un fenómeno puntual y momentáneo sino que es un proceso, aunque pueda representarse en una ceremonia.
La iniciación no se da, se provoca.
La iniciación no es una experiencia sacramental o mágica sino un proceso de aprendizaje psicológico.
La iniciación masónica no es un camino de salvación de carácter religioso o esotérico sino un proceso de autoesclarecimiento y es compatible con cualquier fe religiosa o esotérica que no anule la libertad del individuo, así como también es compatible —en el caso de la masonería liberal— con el agnosticismo y el ateísmo.
No sería compatible con una postural de nihilismo radical que negara cualquier sentido transcendente o inmanente al mundo, que interpreta el Universo como un puro caos sin orden posible, que negara que a pesar del desorden aparente hay un COSMOS.
La iniciación masónica no es el único método de esclarecimiento, sino que es uno más. Existen experiencias vitales espontáneas que tienen virtualidad iniciática en cuanto que provocan un amento de conciencia del individuo, una nueva y mas responsable actitud ante la vida, v. g., la maternidad/ paternidad, la compasión por el dolor ajeno, la emoción estética, la creación artística, la experiencia de la muerte etc… Son experiencias iniciáticas aunque no metódicas sino espontáneas. El método de iniciación masónico esta conservado en sus Rituales, que han sido elaborados en un largo proceso de decantación histórica y que guardan, cada uno en su particular estilo, una específica “ecología” emocional y simbólica, un sutil equilibrio de gestos y palabras que no puede ser alterado arbitrariamente.
El método masónico no impone una unidad ideológica a quienes lo practican: da un marco axiológico general que admite y exige el pluralismo en su interior.
El método masónico se basa en la funcionalidad de los símbolos constructivos que articulan un imaginario emancipador de la conciencia individual que hará caso cada masón resistente a cualquier manipulación simbólica.
La Logia Masónica no es un grupo de presión.
La logia no da consignas a sus miembros que condiciones sus vidas privadas, su actividad profesional o el desempeño de cualquier cargo público: cada uno interpreta su compromiso masónico en conciencia. Las Logias masónicas no hacen proselitismo ni «marketing» para iniciar a nadie en masonería. Las Logias pueden dar a conocer su existencia.
Nadie está obligado a guardar secreto de su condición de masón. La masonería no es una organización clandestina.
Todo Masón se compromete por el mero hecho de serlo, a intentar vivir como un ciudadano ejemplar. La masonería no es una secta, ya que no busca la sumisión de sus miembros a ningún gurú o líder, sino que prepara para cada uno de sus miembros un camino personalizado hacia la maestría de sí mismo. La masonería no admite a menores de edad en las Logias, y se dirige a personas libres dotadas de autonomía como individuos. La Logia no somete a sus miembros a ningún tipo de dirección espiritual.
El símbolo masónico es esencialmente polisémico y no admite una interpretación monista o clónica.
El método masónico nos implica racional pero también emocionalmente, apela a nuestra parte verbal —afectiva— inconsciente y también a nuestra parte no verbal —afectiva— inconsciente.
La Logia en la Gran Logia Simbólica Española reúne la doble condición de grupo iniciático y sociedad de pensamiento.
La Masonería no es un sindicato de intereses ni una mutua aunque se compromete a ayudar a sus miembros en la medida que sus posibilidades y dentro de lo que es lícito. La Masonería no es un club social aunque a su alrededor puedan nacer vínculos de amistad personal y de relación social.
La Masonería no es una organización de caridad aunque puede apoyar la creación y mantenimiento de actividades humanistas y de bienestar social.
La Masonería no compite con ninguna confesión religiosa ni con ningún partido político, aunque se adhiera al valor político de la libertad y al respeto a los Derechos Humanos. La Masonería no tiene una estructura dispuesta para la acción política organizada ni busca el poder político.
La Masonería no es tampoco una asociación cultural o recreativa aunque pueda dar lugar a iniciativas culturales o de ocio.
La Masonería no es una empresa mercantil, ni actúa movida por ningún ánimo de lucro aunque está interesada en gozar de la suficiencia económica necesaria para el desempeño de sus funciones.
La Masonería combina en su organización y funcionamiento la verticalidad iniciática con la horizontalidad democrática.
La masonería no está organizada como una estructura mundial o internacional sino que se organiza nacionalmente en federaciones de Logias que reciben el nombre de Grandes logias o grandes Orientes.
El ideal de la Masonería es «Un masón libre en una logia libre».
La Logia o el grupo local es la base del trabajo masónico.
El fundamento básico de la Masonería es la experiencia de autoconstrucción y que posteriormente fue elaborada como un verdadero método de construcción personal y social: «Lo que tú haces, te hace».
La Masonería no propugna una ideología política determinada, concreta y detallada, pero sí unos valores generales que se han de concretar históricamente: «Libertad, igualdad, fraternidad».
En el seno de la Gran Logia Simbólica Española es esencial la aportación de la mujer como Maestra de su propia arquitectura interior con el mismo rango que el varón.
La Masonería no es una institución didáctica ni doctrinaria.
La Logia no enseña sino que suscita, sugiere, provoca, despierta, impregna.
Las Declaraciones de los Derechos y deberes del Hombre son referencias axiológicas esenciales de la Masonería.
La arquitectura simbólica con que trabaja la Masonería pretende que cada masón haga de su vida una verdadera Obra de Arte de Sabiduría, Fuerza y Belleza, y del Mundo un lugar donde sea posible la paz, el amor y la alegría. A eso llamamos los masones al Arte Real.
Perfil de traductor
Soy traductor de inglés/español en ejercicio de la profesión desde el año 1985
ÁREAS DE ESPECIALIZACIÓN
Informática y telecomunicaciones:
Localización de software – Manuales de instrucciones – Guías de mantenimiento – Guías de instalación – Páginas web – Trabajos de referencia – Textos de divulgación técnica
Textos técnicos en general:
Manuales - Ofertas técnicas – Especificaciones – Normas – Tratados técnicos – Libros y revistas técnicas
Economía, derecho, comercio y empresa:
Informes económicos y financieros – Textos jurídicos – Contratos mercantiles – Documentos comerciales – Obras de divulgación – Correspondencia comercial
Gastronomía, hostelería y turismo:
Obras gastronómicas en general – Artículos sobre gastrosofía – Folletos turísticos
MEDIOS DE TRABAJO
Herramientas de traducción:
Trados 2009 – SDLX – Idiom WorldServer – Deja Vu – Transit – ForeignDesk – Find & Replace – WinLexic – AcroLexic
Software de trabajo:
Windows 7 – Microsoft Office 2007 - Adobe Professional – Adobe Ilustrator – Adobe Photoshop
Hardware:
3 PC (actuales) – 1 portátil – 1 miniportátil – 1 tableta – 1 lector de e-book – BlackBerry – Equipo multifunción – Impresora digital – Almacenamiento seguro
Biblioteca en papel:
200 diccionarios de inglés – 600 diccionarios de todos los idiomas – Varias enciclopedias (Espasa, 115 vol. – Britannica – Grolier Universal – Larousse – Carrogio – Salvat – Plaza & Janés) – Total: alrededor de 8.000 libros
Miembro de: ACE (Asociación Colegial de Escritores de España) – ACTA (Autores Científico-Técnicos y Académicos) – CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) – ASETRAD (Asociación Española de Traductores, Correctores e Intérpretes) – TILP (The Institute of Localisation Professionals)
La informática: de los árboles al salón
Los esfuerzos de la humanidad por agilizar sus tareas de cálculo no son algo nuevo precisamente. En realidad, desde que el hombre tiene pulgares no ha dejado de darle vueltas a cómo ahorrar tiempo y energías para razonar y utilizar racionalmente sus conocimientos. Desde aquellas piedras para hacer cuentas que se supone pudieron usar los neandertalenses de una forma mágica y fetichista hasta los actuales niveles de potencia de cálculo encerrados en la mínima expresión física, ha llovido lo suyo.
Y sin embargo, es curioso observar cómo la marcha evolutiva de los conocimientos relativos al tratamiento de la información ha languidecido por los tiempos de los tiempos hasta prácticamente mediados del pasado siglo.
El artilugio más remoto del que se tiene constancia es sin duda el «ábaco», antiquísimo invento, en verdad, que se usaba —y se usa todavía en Asia— como instrumento de cálculo. Aunque en esto de las dataciones casi protohistóricas es siempre temerario concretar fechas, se puede situar su origen aproximadamente hace 5.000 años.
En su versión más primitiva era una suerte de encerado hecho con una tabla sobre la que se extendía una fina capa de arena. Con un palo, o mismamente con el dedo, se realizaban cálculos más o menos complejos gracias al uso de determinados signos. Más adelante comenzaron a utilizarse unas rayas horizontales sobre las que se colocaban unas piedrecillas que servían a modo de cuentas. Con los años —los siglos, más bien—, se construyó lo que actualmente se conoce como ábaco, ese tablero con unos alambres y unas bolitas. El hombre permanecería anclado a él durante mucho, mucho tiempo.
Parece ser que una de las primeras tentativas «informáticas» de la humanidad la protagonizó, como no podía ser de otra forma, Leonardo da Vinci en aquellos oscuros años en los que vivió, cuando se comenzaba a renacer a la luz de una nueva era —uno se pregunta qué hubiera supuesto para la humanidad que da Vinci naciera, por ejemplo, hoy mismo—. Pero lo cierto es que, como en tantas otras materias, no pasó del esbozo de unos rudimentarios mecanismos para el cálculo, constatando de nuevo, eso sí, su fabulosa capacidad de «presentimiento científico».
No fue hasta Pascal —Blaise Pascal (1623-1662) filósofo, escritor y notabilísimo científico— cuando se inventó la primera calculadora mecánica. Esta máquina, que Pascal construyó para ayudar a su padre con sus pesados cálculos administrativos, tenía ocho ruedas dentadas y permitía realizar sumas y restas, que no era poco para entonces. Aunque la pascalina, como se la conoció, no tuvo demasiado éxito, la comunidad informática quiso honrar la memoria de su creador con un lenguaje informático, el Pascal, que hoy en día sirve más que como herramienta de programación, como utilidad didáctica.
Todavía en tiempos de Pascal, el matemático alemán Gottfried Wilhelm Leibniz, tras conocer su máquina calculadora, creó una mucho más perfeccionada que podía, aparte de sumar y restar, multiplicar, dividir e, incluso, hallar raíces cuadradas, presentándola en la Royal Society de Londres en 1673.
Sin embargo, no fue hasta la llegada de la revolución industrial cuando se empezaron a valorar en su justa medida las repercusiones sociales y económicas que podían tener estos instrumentos. Así, en 1820 Thomas de Colmar comercializó la primera calculadora dándole el nombre de arithmometer, (aritmómetro), aún con bastantes deficiencias. A partir de este momento, principios del siglo xix, aparecieron diferentes modelos de máquinas para calcular.
Primeros pasos de una ciencia nueva
Lo que hoy se entiende por informática parte de lo que podría ser un primer ordenador digital ideado por el inventor inglés Charles Babbage. Conocido como la Analytical Engine (máquina analítica), este innovador aparato combinaba los procesos aritméticos con decisiones basadas en sus propios cálculos.
Aunque en este primer modelo de ordenador ya estaban contenidos los conceptos esenciales básicos que en años sucesivos darían cuerpo a la informática, no se pudo desarrollar comercialmente debido a que la tecnología de la época no acompañaba en sus progresos a las necesidades de materiales y técnicas de precisión indispensables para llevar a la práctica sus enunciados científicos. Los trabajos de Babbage quedaron, pues, sumidos en la oscuridad de algún cajón, hasta que alguien volvió a descubrirlos en 1937.
Otro británico, George Boole, realizó también durante el siglo XIX importantísimos ensayos de tipo «informático» prestando especial atención a las analogías entre los símbolos algebraicos y aquellos que se usaban para representar formas lógicas. El sistema de Boole, con sus operadores lógicos binarios Y, O y NO, se convirtió en la base de lo que se conoce como el álgebra booleana, auténticos cimientos de la informática actual.
Con el desarrollo de las tarjetas perforadas para el procesamiento de datos llevado a cabo por el norteamericano Herman Hollerith en la década de 1880, se puede decir que se puso el primer ladrillo en la construcción de la gran casa de la informática. Hollerith descubrió las grandes posibilidades que se desprendían de la lectura electrónica de unas tarjetas perforadas con arreglo a determinados esquemas lógicos por medio de una máquina diseñada al efecto que clasificaba los datos numéricos representados por los agujeros. De esta forma, inventaba un excelente sistema de tabulación que aplicaría inmediatamente a sus trabajos en la elaboración del censo de EE.UU. de 1890. Frente a los siete u ocho años que habían empleado en ocasiones anteriores, ahora lo conseguiría en tan solo dos.
Ya casi mediado el siglo XX, en 1939, los matemáticos norteamericanos John V. Atanasoff y Clifford Berry construyeron el primero prototipo de ordenador digital empleando por primera vez válvulas de vacío, cosa que lo hacía considerablemente más pequeño y silencioso que sus predecesores electromecánicos. Se le bautizó con el nombre de ABC, en previsión, quizás, de lo que el futuro depararía en materia informática. Muy por encima de las funciones simples aritméticas, su misión principal era la resolución de ecuaciones, considerándosele el primer ordenador moderno.
Después del ABC llegarían otros grandes dispositivos informáticos todavía muy voluminosos y con unas capacidades realmente insignificantes si se comparan con el más básico de los equipos actuales, como fueron el Mark I, terminado en 1944, una imponente construcción electromecánica de quince metros de largo por dos y medio de alto, cuyas operaciones se controlaban por medio de una secuencia de instrucciones codificadas en cintas de papel perforadas; o el histórico ENIAC, construido en 1946 que se considera el primer ordenador digital electrónico para múltiples funciones, al margen de las estrictamente matemáticas.
La II Guerra Mundial también trajo notables avances informáticos como fue la creación en Londres del Colossus, cuya función casi exclusiva era descifrar los códigos generados por los correspondientes dispositivos informáticos alemanes.
En los años cincuenta, los ordenadores aún estaban reservados para las grandes empresas y los organismos oficiales, y no todos, desde luego. Fue a partir de entonces cuando se lanzaron al mercado las primeras versiones comerciales que, en lo sucesivo, se clasificarían en…
Generaciones
Así, los ordenadores de primera generación tenían como elemento básico las válvulas de vacío y unas memorias hechas con diminutos anillos de metal ferromagnético encastrados en redes de hilos conductores. La programación de estos equipos, aún muy lejos del uso popular, se hacía, en un principio, directamente en código binario, para, posteriormente, usar los primeros programas ensambladores.
La segunda generación se sitúa a finales de la década de los cincuenta, distinguiéndose fundamentalmente por la sustitución de las válvulas de vacío por dispositivos semiconductores conocidos como transistores. Con ello se abarataban considerablemente los costes y se reducían los volúmenes. En esta generación de ordenadores, los datos se introducían por medio de tarjetas perforadas, empezando por entonces a usarse los primeros dispositivos magnéticos de almacenamiento externo en forma de discos y cintas. A esta generación pertenece también la creación del lenguaje de programación BASIC, ideado en un principio con fines puramente didácticos, pero que acabó convirtiéndose en un lenguaje estándar universal.
A principios de los setenta aparece la tercera generación, claramente identificada por una radical disminución del tamaño de los ordenadores. Los circuitos integrados sustituyen a los transistores, permitiendo con la fabricación industrial en serie el primer acercamiento importante de los ordenadores a un sector de público mucho más amplio. Comienza a usarse el término microordenador, que ya habita un gran porcentaje de empresas de mediano tamaño, y se pasa de trabajar por lotes a procesar la información en tiempo real con la posibilidad de compartir tareas. También se sitúa en esta generación el uso de redes conectadas a un servidor central, con lo que se descentralizaba el trabajo a través del teleproceso. Fueron los años del gran desarrollo de los lenguajes universales estandarizados como el Fortran o el Cobol.
En los últimos años de la década de los setenta llega la cuarta generación de la mano de Steve Jobs con su popularísima marca Apple. Son los primeros ordenadores con microprocesador, lo cual permite obtener unos equipos realmente manejables en cuanto tamaño y con un gran nivel de prestaciones. Los precios se sitúan ya al alcance de las pequeñas empresas, popularizándose definitivamente su uso incluso en el ámbito doméstico. Los ordenadores más representativos de la época podrían ser el Altair 8080 de MITS, el TRS80 de Radio Shack y el Pet de 2001 de la muy conocida por entonces marca Commodore.
Con la quinta generación aparecen los equipos pensados para usar programas de inteligencia artificial, redes inteligentes, así como los más avanzados sistemas expertos conocidos hasta la fecha. Son los ordenadores que hoy controlan la navegación por satélite, que gestionan los mercados financieros o que desarrollan programas de investigación científica por medio de la simulación.
A estas alturas de principios de siglo, la informática se ha hecho omnipresente y su desarrollo omnidireccional. Todo, y no es gratuita la afirmación, está mediado por la informática y su brazo comunicador, Internet. La evolución de esta ciencia resulta tan exorbitantemente exponencial que nadie sabe a donde llegará en sólo cincuenta años.
Se ha llegado a decir que si la evolución de la industria automovilística hubiera sido paralela a la de la informática, hoy un automóvil costaría un euro, podría recorrer cinco mil kilómetros con un litro de gasolina y pesaría no mucho más de cien gramos.
El siglo de las ilusiones
El siglo XIX está repleto de inventos y avances en todos los campos del saber. Son los años que mejor recogen la estampa romántica del científico rodeado de cuatro rudimentarios aparatos con los que realiza los grandes descubrimientos que abrirán después paso al evolucionismo tecnológico arrollador del siglo XX. El motor eléctrico, el estereoscopio, los principios de la termodinámica, la inducción electromagnética, el daguerrotipo o el calotipo de donde desciende toda nuestra cultura audiovisual, o cosas tan indispensables hoy como la aspirina o la pasteurización, se sembraron en el siglo XIX. La cosecha que ha recogido el hombre actual sería sencillamente inconcebible hasta para los hombres decimonónicos más preclaros y con más visión de futuro, como pudo ser Julio Verne, que apenas pudo esbozar una parte mínima de todo lo que la humanidad llegaría a alcanzar en tan poco tiempo.
Pero el siglo de las ilusiones también estuvo repleto de cruentas revoluciones, guerras y grandes tragedias que mantuvieron sumidos en la inseguridad y el miedo a los pueblos de todo el mundo, y quizás con especial saña a los de la vieja Europa.
En todo este magma cultural se fraguaron muchas pequeñas historias, aparentemente insignificantes en un principio, que, con el paso de los años y por la simple acción de la necesidad o la carambola del azar, se han materializado en las cosas más cotidianas —e imprescindibles a veces— que hoy nos rodean.
Algunas de esas «pequeñas historias» se cuentan en mi libro Cinco relatos del XIX. Espero que a os guste a los que lo leais.
La literatura sin Julio Verne
Julio Verne
«Je ne compte pas dans la littérature française». El gran pesar de la vida de Julio Verne era, aunque pueda resultar paradójico, que sabía que no contaba en la literatura francesa, como confesaba en una entrevista al periodista norteamericano Robert H. Sherard allá por el año 1884: «Yo no cuento en la literatura francesa». Y lo que resulta aún más paradójico es que, incluso hoy en día, su convencimiento es para muchos una realidad. La literatura de nivel, la de alto copete, sigue empeñada en cerrar las puertas a un autor que ha conseguido cruzar todas las fronteras, todos los idiomas y todas las censuras del mundo.
Dentro del privilegiado terruño de la literatura oficial, que pretender excluir lo que no se entiende como novela psicológica, no cabe la obra radiante de un autor que antepone las cosas a las personas, los efectos a los motivos. No es serio que una máquina, un invento del tipo que sea, tenga más valor que quien lo crea, por más lustroso que sea éste. Las cosas no tienen alma, y el alma es el núcleo de la vida y la novela. La obra de Verne se relega, así, a la condición de fruta despepitada válida solo para el lector desdentado culturalmente o para los dientes de leche del niño.
Cuando se habla de literatura —literatura francesa, en este caso— nos encontramos inva-riablemente con un terreno acotado de plumas santificadas al que muy pocos privilegiados han tenido acceso. Es lógico que ese recinto amurallado de novelistas y pensadores brille con luz propia, pero no lo es tanto que se empeñen en cerrar el paso a otros autores que no han sido bautizados en la misma pila.
Julio Verne representa el caso más claro de excomunión literaria. Aun a pesar de haber llegado a las manos de la inmensa mayoría de nosotros, permanece condenado al ostracismo cultural, olvidado de la crítica y el estudio de la literatura del siglo que conoció el alumbramiento de la novela como se entiende en la actualidad.
Si tenemos que dar un repaso a vuela pluma por el panorama literario contemporáneo de Verne empezaremos viendo que los primeros años del siglo XIX están marcados por el gran vacío intelectual que produjo el sistema de gobierno napoleónico. Casi todos los escritores im-portantes estaban en la oposición o, más lejos aún, en el exilio. Joseph de Maistre, madame de Staël, Benjamin Constant y muy especialmente Chateaubriand, como máximo exponente del afloramiento de la novela de análisis psicológico con su obra René (1802), son muestras claras de la ortodoxia literaria de principios de siglo.
Desde 1802 hasta 1843, con el fracaso del drama de Victor Hugo Les burgraves, el roman-ticismo domina la literatura francesa. Nace un gran interés por la introspección, bellamente re-flejado en obras como Confession d’un enfant du siècle, de Musset, al tiempo que proliferan los diarios íntimos de los escritores como es el caso de Stendhal (seudónimo de Henri Beyle). Se crean obras poéticas de valor imperecedero por autores de la talla de Lamartine, Vigny o Musset, y novelas destinadas a cruzar los siglos sin pérdida de un ápice de valor. Son las obras de Victor Hugo, sin duda el máximo exponente literario del siglo XIX francés; Alejandro Dumas (padre), amigo, mentor y admirador de Julio Verne, casi la excepción a la indiferencia general de los escritores de postín; George Sand, Merimée y otros de innegable valor.
Sin embargo, no todos los grandes escritores fueron románticos. Balzac es un claro ejemplo de ello con su serie de novelas realistas, casi cien, La Comédie humaine publicadas entre 1830 y 1850. Está considerado como el gran novelista de la sociedad del siglo XIX francés y maestro de la creación de personajes. Y si con Balzac da comienzo una novelística atenta a la realidad social de su época, y los análisis certeros del escritor consiguen llevarnos al escenario del nacimiento de la incipiente burguesía capitalista, otro autor, no menos conocido, Stendhal, evoca un mundo donde prevalecen los más puros valores éticos, y esto con una prosa limpia de la barroca retórica que lastrara a otros de sus coetáneos.
Paralelo a la obra de estas dos grandes figuras literarias se produce un gran impulso de la historiografía, que culmina en la obra de Michelet. En el grupo de escritores que triunfaron impetuosamente en torno a 1830 destacan Sainte-Beuve, destinado en los decenios siguientes a una ejemplar actividad de crítico literario, y Nerval, quizá el único entre los poetas de su gene-ración que ha despertado un eco que aún no se no se ha debilitado en la actualidad.
A partir de 1850, cuando Verne ya ha alcanzado una mayoría de edad y un cierto despertar literario, se impone el realismo y el naturalismo. Victor Hugo, en espléndido aislamiento, cul-mina una nueva y gloriosa etapa de su carrera con obras maestras en diferentes campos: los poemas Contemplations, en 1856; la epopeya La légende des siècles, desde 1859 hasta 1883; y su obra más conocida, Les misérables, larguísima novela —diez volúmenes inicialmente—perteneciente al género histórico que terminó después de años de trabajo en 1862.
La continua inestabilidad política había roto la confianza romántica, produciendo una generación de escritores positivistas. Estos reconciliaron el arte y la ciencia reaccionado frente a la tradición anterior. El movimiento adoptó el nombre de parnasianismo. Los parnasianistas, encabezados por Leconte de Lisle, proclamaron su fe en la perfección formal. En Parnasse contemporain contribuyeron Gautier, Baudelaire, Lisle, Banville, J. M. Heredia, Coppée e incluso Mallarmé y Verlaine, que posteriormente seguirían al simbolismo. La objetividad parnasiana se vio anulada por un grupo de poetas que defendían la poesía como una metamorfosis de la experiencia interna, los simbolistas. Buscaron en el poema un instrumento de conocimiento universal. La figura central fue Mallarmé (1842-1898), poeta y teórico del movimiento. El intento de objetividad condujo a la novela hacia el naturalismo, iniciado por Zola (1840-1902), que utilizaba la novela como un estudio científico.
Igualmente, en este período, se encuadran varios de los autores y obras más representativos de los clásicos franceses: en novela, Gustave Flaubert con su Madame Bovary, 1857; los hermanos Goncourt; Guy de Maupassant, maestro de la narración corta; la poesía de Charles Baudelaire (Les fleurs du mal, 1857), uno de los grandes «poetas malditos»; Alejandro Dumas (hijo), también, como su padre, amigo y admirador de Verne y autor de la obra única La dama de las camelias (1848).
En las postrimerías del siglo XIX y siguiendo las más variadas tendencias aparecen poetas como, Isidore Ducasse (conde de Lautréamont) y Arthur Rimbaud; escritores como Maurice Maeterlinck, J.K. Huysmans, André Gide, Maurice Barrès, Charles Pèguy, Anatole France, o el conocido Marcel Proust, autor de una magnífica novela, À la recherche du temps perdu, donde se altera la dimensión del tiempo gracias a una genial intuición poética.
En todo este frondoso árbol histórico de autores y tendencias, Verne se mantiene inclasificable, si no es en ese un poco desdibujado género de la «novela científica». Es difícil, milagroso, casi, ver el nombre de Verne en la misma página que Hugo, al que, curiosamente, se parecía mucho físicamente, o que Flaubert o que Balzac, o que los Dumas, incluso, que eran sus amigos y colegas en los salones literarios de la época. El nombre de Julio Verne es compañero de colecciones en las que aparecen Salgari, Mark Twain, Louisa M. Alcott (Mujercitas), Percival C. Wren o la Baronesa d’Orczy de La Pimpinela Escarlata. Rara será la colección bellamente enlomada que haga convivir a Verne con sus famosos contemporáneos franceses en la misma estantería bajo el título honroso de «Clásicos de la Literatura».
La Academia Francesa se encargó de dejar clara esta exclusión del olimpo literario, tras negarle una y otra vez su admisión, aun a pesar de haber sido presentado en alguna ocasión de la mano del mismísimo Alejandro Dumas. Julio Verne tuvo que presenciar como, año tras año, las nuevas elecciones de miembros de la Academia le dejaban al margen, ignorándole, nada más terrible para un autor que superaba con creces las ediciones de la mayoría de los que ya estaban cómodamente arrellanados en sus sillones académicos. Más de cuarenta y dos elecciones presenció, y más de cuarenta y dos derrotas sufrió, la casi total renovación de la Academia.
¿Por qué este autor, entronizado por los lectores, auténtica golosina editorial, ha permanecido siempre en segunda línea, en la sección de literatura juvenil, para decirlo en términos co-merciales? Esto es algo que nadie, salvo los críticos literarios, puede explicar. Si presentáramos Los tres mosqueteros a un lector culto, que no supiera que su autor es el genial Alejandro Dumas, padre, permítaseme la contradicción por un momento, y le dijéramos que es una obra de Julio Verne, no dudaría un momento en aceptar esta paternidad literaria. Pero, podríamos ir mucho más allá y citar decenas de obras avaladas por la aceptación de los críticos más contu-maces, que cualquier lector admitiría como producto de la pluma de Verne; e incluso, darle la vuelta al supuesto, y presentar una obra de Julio Verne, como podría ser Un drama en Livonia, firmándola con la rúbrica de Victor Hugo, y tampoco el admitido lector culto pondría en tela de juicio su autoría.
Lo único que podría desencasillar a Julio Verne de su condición de autor juvenil —aunque recuérdese que fue el propio Verne, en connivencia con su editor, Hetzel, quien quiso dirigirse a este sector de público— sería la ayuda del lector, la del lector adulto que decida redescubrirlo. Para ello basta volver a leerlo con la sola ayuda de los años vividos, con la perspectiva que nos da la mayoría de edad. Así, y solo así, devolveremos a Julio Verne a la Literatura, con mayúsculas.
Paella o paellera: terminología definitiva
Parece mentira, pero todavía hoy una gran parte de los libros dedicados a la paella, por no decir la mayoría, afirman con total naturalidad y desconocimiento que llamar paellera al recipiente en donde se cocina una paella es un error propio de ignorantes aprendices. Afirman, los incautos que esto dicen, que el popular recipiente es en realidad la paella, siendo la paellera, en todo caso, la mujer que cocina la paella.
Suspiremos hondo y tengamos resignación cristiana. La Real Academia Española, en su Diccionario de la lengua española, que se supone debemos acatar como la última palabra en materia idiomática nacional, define con toda su erudita claridad ‘paellera’ como «Recipiente de hierro a modo de sartén, de poco fondo y con dos asas, que sirve para hacer la paella». Y más aún, en su primera acepción de ‘paella’, confirma que ésta es un «Plato de arroz seco, con carne, pescado, mariscos, legumbres, etc., característico de la región valenciana, en España»; sólo en la segunda acepción la admite como «Sartén en que se hace». Se puede escribir con letras más grandes, pero no más claro.
¿De dónde viene entonces tan extendida confusión terminológica? Muy sencillo, paella —de patella, en latín— es sartén en catalán, valenciano y balear, como bien lo confirman los no menos eruditos Diccionari catalá-castellá de Francesc de B. Moll, Diccionari Tabarca valencía-castellá de Vicent Pascual y Diccionario balear-español de Antonio Roig Artigues. Fuera de estas áreas lingüísticas no tiene sentido alguno llamar paella al recipiente, es más, sólo conduce a confusión, por mucho que pueda hacerse, como llega a admitir el Libro de Estilo de El País, por ejemplo, al decir que «para el recipiente en que se elabora la paella pueden emplearse, indistintamente, las palabras ‘paella’ o ‘paellera’». Para nosotros es mucho más claro y diacrítico emplear paella para hablar del plato o receta y paellera para referirnos contundentemente al recipiente característico en donde se cocina, siempre y cuando estemos hablando en castellano, naturalmente. Es, sin duda, la mejor forma de distinguir entre el continente y el contenido.
De los errores de la literatura gastronómica
Aunque pueda parecer esto un asunto intrascendente, no lo es, pues contribuye a la formación de ideas disparatadas que luego se defienden vehementemente en acaloradas conversaciones culinarias, al tiempo que contribuyen a destruir la poca o mucha cultura gastronómica que se pueda tener.
En concreto, hablando de la paella, la palma de los errores se la llevan los libros escritos por el sempiterno gastrónomo —¿qué será en definitiva un gastrónomo?—, escritor, extranjero, normalmente del orbe anglosajón, que estuvo una semana en Mallorca en uno de esos viajes de 30 euros —en pensión completa— y que a la vuelta, al calor del ordenador patrio, escribe una receta compuesta por todo lo que vio en varias paellas, más lo que se imaginó que había en ellas, como ésta que lleva los siguientes ingredientes y que alguien llamó sin recato alguno «Paella española»: pollo, chorizo, jamón ahumado, salchichas, solomillo de cerdo, rape, chipirones, salmonetes, mejillones, perejil, granos de pimienta negra y ¡laurel, tomillo y cúrcuma! Uno se pregunta en dónde la comería y si el arroz se lo pusieron aparte, pues no parece haber quedado demasiado sitio en la paellera para él.
Resulta también impactante, no se puede negar, ver en un libro dedicado al arroz una ilustración con una hermosa paella de marisco ¡en un frutero de loza! Fácil, en lugar de poner manzanas, peras y naranjas, ponemos unos mejillones, unas gambas y un poco de arroz y está: la famosa paella española.
El tema de los errores y la falta de rigor recetario en la literatura gastronómica daría para mucho no sólo en la paella. No nos resistimos a mencionar aquí la famosa receta de la Spanish Omelette (tortilla española) de un libro que se titula, sin complejos: Classic Spanish, Authentic regional recipes from all over Spain (Española clásica, auténticas recetas regionales de toda España) —no olvidemos lo de auténticas—, aunque no diremos el nombre de su autora para evitarle mayor vergüenza. Consiste la célebre tortilla española, para la autora, y lamentablemente para muchos lectores quizás ahora también, en un plato que se hace con —¡atención!—: aceite de oliva, aceite de sésamo, cebolla española —debe referirse a la cebolla roja—, pimiento rojo, cañas de apio, alubias blancas, huevos, semilla de sésamo, sal, pimienta negra molida y ensalada verde. Pero lo más interesante del plato está por venir. Opcionalmente se pueden añadir patatas cortadas en rodajas —¡opcionalmente!—, verduras de temporada, corazones de alcachofas y guisantes. Quien la haya comido tendrá bastante que contar a sus nietos sobre la inolvidable decepción que sufriría al encontrarse algún tiempo después con la verdadera y humilde tortilla española.





















