Perfil de traductor

Soy traductor de inglés/español en ejercicio de la profesión desde el año 1985

 

 

ÁREAS DE ESPECIALIZACIÓN

 

Informática y telecomunicaciones:

Localización de software – Manuales de instrucciones – Guías de mantenimiento – Guías de instalación – Páginas web – Trabajos de referencia – Textos de divulgación técnica

Textos técnicos en general:

Manuales - Ofertas técnicas – Especificaciones – Normas – Tratados técnicos – Libros y revistas técnicas

Economía, derecho, comercio y empresa:

Informes económicos y financieros – Textos jurídicos – Contratos mercantiles – Documentos comerciales – Obras de divulgación – Correspondencia comercial

Gastronomía, hostelería y turismo:

Obras gastronómicas en general – Artículos sobre gastrosofía – Folletos turísticos 

MEDIOS DE TRABAJO

Herramientas de traducción:

Trados 2009 – SDLX – Idiom WorldServer – Deja Vu – Transit – ForeignDesk – Find & Replace – WinLexic – AcroLexic

Software de trabajo:

Windows 7 – Microsoft Office 2007 - Adobe Professional – Adobe Ilustrator – Adobe Photoshop

Hardware:

3 PC (actuales) – 1 portátil – 1 miniportátil – 1 tableta – 1 lector de e-book – BlackBerry – Equipo multifunción – Impresora digital – Almacenamiento seguro

Biblioteca en papel:

200 diccionarios de inglés – 600 diccionarios de todos los idiomas – Varias enciclopedias (Espasa, 115 vol. – Britannica – Grolier Universal – Larousse – Carrogio – Salvat – Plaza & Janés) – Total: alrededor de 8.000 libros

 

Miembro de: ACE (Asociación Colegial de Escritores de España) – ACTA (Autores Científico-Técnicos y Académicos) – CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) – ASETRAD (Asociación Española de Traductores, Correctores e Intérpretes) – TILP (The Institute of Localisation Professionals)

 


La informática: de los árboles al salón

Los esfuerzos de la humanidad por agilizar sus tareas de cálculo no son algo nuevo precisamente. En realidad, desde que el hombre tiene pulgares no ha dejado de darle vueltas a cómo ahorrar tiempo y energías para razonar y utilizar racionalmente sus conocimientos. Desde aquellas piedras para hacer cuentas que se supone pudieron usar los neandertalenses de una forma mágica y fetichista hasta los actuales niveles de potencia de cálculo encerrados en la mínima expresión física, ha llovido lo suyo.
Y sin embargo, es curioso observar cómo la marcha evolutiva de los conocimientos relativos al tratamiento de la información ha languidecido por los tiempos de los tiempos hasta prácticamente mediados del pasado siglo.
El artilugio más remoto del que se tiene constancia es sin duda el «ábaco», antiquísimo invento, en verdad, que se usaba —y se usa todavía en Asia— como instrumento de cálculo. Aunque en esto de las dataciones casi protohistóricas es siempre temerario concretar fechas, se puede situar su origen aproximadamente hace 5.000 años.
En su versión más primitiva era una suerte de encerado hecho con una tabla sobre la que se extendía una fina capa de arena. Con un palo, o mismamente con el dedo, se realizaban cálculos más o menos complejos gracias al uso de determinados signos. Más adelante comenzaron a utilizarse unas rayas horizontales sobre las que se colocaban unas piedrecillas que servían a modo de cuentas. Con los años —los siglos, más bien—, se construyó lo que actualmente se conoce como ábaco, ese tablero con unos alambres y unas bolitas. El hombre permanecería anclado a él durante mucho, mucho tiempo.
Parece ser que una de las primeras tentativas «informáticas» de la humanidad la protagonizó, como no podía ser de otra forma, Leonardo da Vinci en aquellos oscuros años en los que vivió, cuando se comenzaba a renacer a la luz de una nueva era —uno se pregunta qué hubiera supuesto para la humanidad que da Vinci naciera, por ejemplo, hoy mismo—. Pero lo cierto es que, como en tantas otras materias, no pasó del esbozo de unos rudimentarios mecanismos para el cálculo, constatando de nuevo, eso sí, su fabulosa capacidad de «presentimiento científico».
No fue hasta Pascal —Blaise Pascal (1623-1662) filósofo, escritor y notabilísimo científico— cuando se inventó la primera calculadora mecánica. Esta máquina, que Pascal construyó para ayudar a su padre con sus pesados cálculos administrativos, tenía ocho ruedas dentadas y permitía realizar sumas y restas, que no era poco para entonces. Aunque la pascalina, como se la conoció, no tuvo demasiado éxito, la comunidad informática quiso honrar la memoria de su creador con un lenguaje informático, el Pascal, que hoy en día sirve más que como herramienta de programación, como utilidad didáctica.
Todavía en tiempos de Pascal, el matemático alemán Gottfried Wilhelm Leibniz, tras conocer su máquina calculadora, creó una mucho más perfeccionada que podía, aparte de sumar y restar, multiplicar, dividir e, incluso, hallar raíces cuadradas, presentándola en la Royal Society de Londres en 1673.
Sin embargo, no fue hasta la llegada de la revolución industrial cuando se empezaron a valorar en su justa medida las repercusiones sociales y económicas que podían tener estos instrumentos. Así, en 1820 Thomas de Colmar comercializó la primera calculadora dándole el nombre de arithmometer, (aritmómetro), aún con bastantes deficiencias. A partir de este momento, principios del siglo xix, aparecieron diferentes modelos de máquinas para calcular.

Primeros pasos de una ciencia nueva
Lo que hoy se entiende por informática parte de lo que podría ser un primer ordenador digital ideado por el inventor inglés Charles Babbage. Conocido como la Analytical Engine (máquina analítica), este innovador aparato combinaba los procesos aritméticos con decisiones basadas en sus propios cálculos.
Aunque en este primer modelo de ordenador ya estaban contenidos los conceptos esenciales básicos que en años sucesivos darían cuerpo a la informática, no se pudo desarrollar comercialmente debido a que la tecnología de la época no acompañaba en sus progresos a las necesidades de materiales y técnicas de precisión indispensables para llevar a la práctica sus enunciados científicos. Los trabajos de Babbage quedaron, pues, sumidos en la oscuridad de algún cajón, hasta que alguien volvió a descubrirlos en 1937.
Otro británico, George Boole, realizó también durante el siglo XIX importantísimos ensayos de tipo «informático» prestando especial atención a las analogías entre los símbolos algebraicos y aquellos que se usaban para representar formas lógicas. El sistema de Boole, con sus operadores lógicos binarios Y, O y NO, se convirtió en la base de lo que se conoce como el álgebra booleana, auténticos cimientos de la informática actual.
Con el desarrollo de las tarjetas perforadas para el procesamiento de datos llevado a cabo por el norteamericano Herman Hollerith en la década de 1880, se puede decir que se puso el primer ladrillo en la construcción de la gran casa de la informática. Hollerith descubrió las grandes posibilidades que se desprendían de la lectura electrónica de unas tarjetas perforadas con arreglo a determinados esquemas lógicos por medio de una máquina diseñada al efecto que clasificaba los datos numéricos representados por los agujeros. De esta forma, inventaba un excelente sistema de tabulación que aplicaría inmediatamente a sus trabajos en la elaboración del censo de EE.UU. de 1890. Frente a los siete u ocho años que habían empleado en ocasiones anteriores, ahora lo conseguiría en tan solo dos.
Ya casi mediado el siglo XX, en 1939, los matemáticos norteamericanos John V. Atanasoff y Clifford Berry construyeron el primero prototipo de ordenador digital empleando por primera vez válvulas de vacío, cosa que lo hacía considerablemente más pequeño y silencioso que sus predecesores electromecánicos. Se le bautizó con el nombre de ABC, en previsión, quizás, de lo que el futuro depararía en materia informática. Muy por encima de las funciones simples aritméticas, su misión principal era la resolución de ecuaciones, considerándosele el primer ordenador moderno.
Después del ABC llegarían otros grandes dispositivos informáticos todavía muy voluminosos y con unas capacidades realmente insignificantes si se comparan con el más básico de los equipos actuales, como fueron el Mark I, terminado en 1944, una imponente construcción electromecánica de quince metros de largo por dos y medio de alto, cuyas operaciones se controlaban por medio de una secuencia de instrucciones codificadas en cintas de papel perforadas; o el histórico ENIAC, construido en 1946 que se considera el primer ordenador digital electrónico para múltiples funciones, al margen de las estrictamente matemáticas.
La II Guerra Mundial también trajo notables avances informáticos como fue la creación en Londres del Colossus, cuya función casi exclusiva era descifrar los códigos generados por los correspondientes dispositivos informáticos alemanes.
En los años cincuenta, los ordenadores aún estaban reservados para las grandes empresas y los organismos oficiales, y no todos, desde luego. Fue a partir de entonces cuando se lanzaron al mercado las primeras versiones comerciales que, en lo sucesivo, se clasificarían en…

Generaciones
Así, los ordenadores de primera generación tenían como elemento básico las válvulas de vacío y unas memorias hechas con diminutos anillos de metal ferromagnético encastrados en redes de hilos conductores. La programación de estos equipos, aún muy lejos del uso popular, se hacía, en un principio, directamente en código binario, para, posteriormente, usar los primeros programas ensambladores.
La segunda generación se sitúa a finales de la década de los cincuenta, distinguiéndose fundamentalmente por la sustitución de las válvulas de vacío por dispositivos semiconductores conocidos como transistores. Con ello se abarataban considerablemente los costes y se reducían los volúmenes. En esta generación de ordenadores, los datos se introducían por medio de tarjetas perforadas, empezando por entonces a usarse los primeros dispositivos magnéticos de almacenamiento externo en forma de discos y cintas. A esta generación pertenece también la creación del lenguaje de programación BASIC, ideado en un principio con fines puramente didácticos, pero que acabó convirtiéndose en un lenguaje estándar universal.
A principios de los setenta aparece la tercera generación, claramente identificada por una radical disminución del tamaño de los ordenadores. Los circuitos integrados sustituyen a los transistores, permitiendo con la fabricación industrial en serie el primer acercamiento importante de los ordenadores a un sector de público mucho más amplio. Comienza a usarse el término microordenador, que ya habita un gran porcentaje de empresas de mediano tamaño, y se pasa de trabajar por lotes a procesar la información en tiempo real con la posibilidad de compartir tareas. También se sitúa en esta generación el uso de redes conectadas a un servidor central, con lo que se descentralizaba el trabajo a través del teleproceso. Fueron los años del gran desarrollo de los lenguajes universales estandarizados como el Fortran o el Cobol.
En los últimos años de la década de los setenta llega la cuarta generación de la mano de Steve Jobs con su popularísima marca Apple. Son los primeros ordenadores con microprocesador, lo cual permite obtener unos equipos realmente manejables en cuanto tamaño y con un gran nivel de prestaciones. Los precios se sitúan ya al alcance de las pequeñas empresas, popularizándose definitivamente su uso incluso en el ámbito doméstico. Los ordenadores más representativos de la época podrían ser el Altair 8080 de MITS, el TRS80 de Radio Shack y el Pet de 2001 de la muy conocida por entonces marca Commodore.
Con la quinta generación aparecen los equipos pensados para usar programas de inteligencia artificial, redes inteligentes, así como los más avanzados sistemas expertos conocidos hasta la fecha. Son los ordenadores que hoy controlan la navegación por satélite, que gestionan los mercados financieros o que desarrollan programas de investigación científica por medio de la simulación.

Hoy
A estas alturas de principios de siglo, la informática se ha hecho omnipresente y su desarrollo omnidireccional. Todo, y no es gratuita la afirmación, está mediado por la informática y su brazo comunicador, Internet. La evolución de esta ciencia resulta tan exorbitantemente exponencial que nadie sabe a donde llegará en sólo cincuenta años.
Se ha llegado a decir que si la evolución de la industria automovilística hubiera sido paralela a la de la informática, hoy un automóvil costaría un euro, podría recorrer cinco mil kilómetros con un litro de gasolina y pesaría no mucho más de cien gramos.

 


El siglo de las ilusiones

El XIX es el siglo de la ilusión del hombre por conquistar la naturaleza, desde el fondo del mar hasta las estrellas. Un siglo que, recogiendo el gran progreso de la ciencia del siglo XVIII, se vio ampliamente recompensado por una tecnología que vertería en resultados prácticos todos los conocimientos teóricos adquiridos hasta el momento.
El siglo XIX está repleto de inventos y avances en todos los campos del saber. Son los años que mejor recogen la estampa romántica del científico rodeado de cuatro rudimentarios aparatos con los que realiza los grandes descubrimientos que abrirán después paso al evolucionismo tecnológico arrollador del siglo XX. El motor eléctrico, el estereoscopio, los principios de la termodinámica, la inducción electromagnética, el daguerrotipo o el calotipo de donde desciende toda nuestra cultura audiovisual, o cosas tan indispensables hoy como la aspirina o la pasteurización, se sembraron en el siglo XIX. La cosecha que ha recogido el hombre actual sería sencillamente inconcebible hasta para los hombres decimonónicos más preclaros y con más visión de futuro, como pudo ser Julio Verne, que apenas pudo esbozar una parte mínima de todo lo que la humanidad llegaría a alcanzar en tan poco tiempo.
Pero el siglo de las ilusiones también estuvo repleto de cruentas revoluciones, guerras y grandes tragedias que mantuvieron sumidos en la inseguridad y el miedo a los pueblos de todo el mundo, y quizás con especial saña a los de la vieja Europa.
En todo este magma cultural se fraguaron muchas pequeñas historias, aparentemente insignificantes en un principio, que, con el paso de los años y por la simple acción de la necesidad o la carambola del azar, se han materializado en las cosas más cotidianas —e imprescindibles a veces— que hoy nos rodean.
Algunas de esas «pequeñas historias» se cuentan en mi libro Cinco relatos del XIX. Espero que a os guste a los que lo leais.

 


La literatura sin Julio Verne

 

 

Julio Verne

«Je ne compte pas dans la littérature française». El gran pesar de la vida de Julio Verne era, aunque pueda resultar paradójico, que sabía que no contaba en la literatura francesa, como confesaba en una entrevista al periodista norteamericano Robert H. Sherard allá por el año 1884: «Yo no cuento en la literatura francesa». Y lo que resulta aún más paradójico es que, incluso hoy en día, su convencimiento es para muchos una realidad. La literatura de nivel, la de alto copete, sigue empeñada en cerrar las puertas a un autor que ha conseguido cruzar todas las fronteras, todos los idiomas y todas las censuras del mundo.
Dentro del privilegiado terruño de la literatura oficial, que pretender excluir lo que no se entiende como novela psicológica, no cabe la obra radiante de un autor que antepone las cosas a las personas, los efectos a los motivos. No es serio que una máquina, un invento del tipo que sea, tenga más valor que quien lo crea, por más lustroso que sea éste. Las cosas no tienen alma, y el alma es el núcleo de la vida y la novela. La obra de Verne se relega, así, a la condición de fruta despepitada válida solo para el lector desdentado culturalmente o para los dientes de leche del niño.
Cuando se habla de literatura —literatura francesa, en este caso— nos encontramos inva-riablemente con un terreno acotado de plumas santificadas al que muy pocos privilegiados han tenido acceso. Es lógico que ese recinto amurallado de novelistas y pensadores brille con luz propia, pero no lo es tanto que se empeñen en cerrar el paso a otros autores que no han sido bautizados en la misma pila.
Julio Verne representa el caso más claro de excomunión literaria. Aun a pesar de haber llegado a las manos de la inmensa mayoría de nosotros, permanece condenado al ostracismo cultural, olvidado de la crítica y el estudio de la literatura del siglo que conoció el alumbramiento de la novela como se entiende en la actualidad.
Si tenemos que dar un repaso a vuela pluma por el panorama literario contemporáneo de Verne empezaremos viendo que los primeros años del siglo XIX están marcados por el gran vacío intelectual que produjo el sistema de gobierno napoleónico. Casi todos los escritores im-portantes estaban en la oposición o, más lejos aún, en el exilio. Joseph de Maistre, madame de Staël, Benjamin Constant y muy especialmente Chateaubriand, como máximo exponente del afloramiento de la novela de análisis psicológico con su obra René (1802), son muestras claras de la ortodoxia literaria de principios de siglo.
Desde 1802 hasta 1843, con el fracaso del drama de Victor Hugo Les burgraves, el roman-ticismo domina la literatura francesa. Nace un gran interés por la introspección, bellamente re-flejado en obras como Confession d’un enfant du siècle, de Musset, al tiempo que proliferan los diarios íntimos de los escritores como es el caso de Stendhal (seudónimo de Henri Beyle). Se crean obras poéticas de valor imperecedero por autores de la talla de Lamartine, Vigny o Musset, y novelas destinadas a cruzar los siglos sin pérdida de un ápice de valor. Son las obras de Victor Hugo, sin duda el máximo exponente literario del siglo XIX francés; Alejandro Dumas (padre), amigo, mentor y admirador de Julio Verne, casi la excepción a la indiferencia general de los escritores de postín; George Sand, Merimée y otros de innegable valor.
Sin embargo, no todos los grandes escritores fueron románticos. Balzac es un claro ejemplo de ello con su serie de novelas realistas, casi cien, La Comédie humaine publicadas entre 1830 y 1850. Está considerado como el gran novelista de la sociedad del siglo XIX francés y maestro de la creación de personajes. Y si con Balzac da comienzo una novelística atenta a la realidad social de su época, y los análisis certeros del escritor consiguen llevarnos al escenario del nacimiento de la incipiente burguesía capitalista, otro autor, no menos conocido, Stendhal, evoca un mundo donde prevalecen los más puros valores éticos, y esto con una prosa limpia de la barroca retórica que lastrara a otros de sus coetáneos.
Paralelo a la obra de estas dos grandes figuras literarias se produce un gran impulso de la historiografía, que culmina en la obra de Michelet. En el grupo de escritores que triunfaron impetuosamente en torno a 1830 destacan Sainte-Beuve, destinado en los decenios siguientes a una ejemplar actividad de crítico literario, y Nerval, quizá el único entre los poetas de su gene-ración que ha despertado un eco que aún no se no se ha debilitado en la actualidad.
A partir de 1850, cuando Verne ya ha alcanzado una mayoría de edad y un cierto despertar literario, se impone el realismo y el naturalismo. Victor Hugo, en espléndido aislamiento, cul-mina una nueva y gloriosa etapa de su carrera con obras maestras en diferentes campos: los poemas Contemplations, en 1856; la epopeya La légende des siècles, desde 1859 hasta 1883; y su obra más conocida, Les misérables, larguísima novela —diez volúmenes inicialmente—perteneciente al género histórico que terminó después de años de trabajo en 1862.
La continua inestabilidad política había roto la confianza romántica, produciendo una generación de escritores positivistas. Estos reconciliaron el arte y la ciencia reaccionado frente a la tradición anterior. El movimiento adoptó el nombre de parnasianismo. Los parnasianistas, encabezados por Leconte de Lisle, proclamaron su fe en la perfección formal. En Parnasse contemporain contribuyeron Gautier, Baudelaire, Lisle, Banville, J. M. Heredia, Coppée e incluso Mallarmé y Verlaine, que posteriormente seguirían al simbolismo. La objetividad parnasiana se vio anulada por un grupo de poetas que defendían la poesía como una metamorfosis de la experiencia interna, los simbolistas. Buscaron en el poema un instrumento de conocimiento universal. La figura central fue Mallarmé (1842-1898), poeta y teórico del movimiento. El intento de objetividad condujo a la novela hacia el naturalismo, iniciado por Zola (1840-1902), que utilizaba la novela como un estudio científico.
Igualmente, en este período, se encuadran varios de los autores y obras más representativos de los clásicos franceses: en novela, Gustave Flaubert con su Madame Bovary, 1857; los hermanos Goncourt; Guy de Maupassant, maestro de la narración corta; la poesía de Charles Baudelaire (Les fleurs du mal, 1857), uno de los grandes «poetas malditos»; Alejandro Dumas (hijo), también, como su padre, amigo y admirador de Verne y autor de la obra única La dama de las camelias (1848).
En las postrimerías del siglo XIX y siguiendo las más variadas tendencias aparecen poetas como, Isidore Ducasse (conde de Lautréamont) y Arthur Rimbaud; escritores como Maurice Maeterlinck, J.K. Huysmans, André Gide, Maurice Barrès, Charles Pèguy, Anatole France, o el conocido Marcel Proust, autor de una magnífica novela, À la recherche du temps perdu, donde se altera la dimensión del tiempo gracias a una genial intuición poética.
En todo este frondoso árbol histórico de autores y tendencias, Verne se mantiene inclasificable, si no es en ese un poco desdibujado género de la «novela científica». Es difícil, milagroso, casi, ver el nombre de Verne en la misma página que Hugo, al que, curiosamente, se parecía mucho físicamente, o que Flaubert o que Balzac, o que los Dumas, incluso, que eran sus amigos y colegas en los salones literarios de la época. El nombre de Julio Verne es compañero de colecciones en las que aparecen Salgari, Mark Twain, Louisa M. Alcott (Mujercitas), Percival C. Wren o la Baronesa d’Orczy de La Pimpinela Escarlata. Rara será la colección bellamente enlomada que haga convivir a Verne con sus famosos contemporáneos franceses en la misma estantería bajo el título honroso de «Clásicos de la Literatura».
La Academia Francesa se encargó de dejar clara esta exclusión del olimpo literario, tras negarle una y otra vez su admisión, aun a pesar de haber sido presentado en alguna ocasión de la mano del mismísimo Alejandro Dumas. Julio Verne tuvo que presenciar como, año tras año, las nuevas elecciones de miembros de la Academia le dejaban al margen, ignorándole, nada más terrible para un autor que superaba con creces las ediciones de la mayoría de los que ya estaban cómodamente arrellanados en sus sillones académicos. Más de cuarenta y dos elecciones presenció, y más de cuarenta y dos derrotas sufrió, la casi total renovación de la Academia.
¿Por qué este autor, entronizado por los lectores, auténtica golosina editorial, ha permanecido siempre en segunda línea, en la sección de literatura juvenil, para decirlo en términos co-merciales? Esto es algo que nadie, salvo los críticos literarios, puede explicar. Si presentáramos Los tres mosqueteros a un lector culto, que no supiera que su autor es el genial Alejandro Dumas, padre, permítaseme la contradicción por un momento, y le dijéramos que es una obra de Julio Verne, no dudaría un momento en aceptar esta paternidad literaria. Pero, podríamos ir mucho más allá y citar decenas de obras avaladas por la aceptación de los críticos más contu-maces, que cualquier lector admitiría como producto de la pluma de Verne; e incluso, darle la vuelta al supuesto, y presentar una obra de Julio Verne, como podría ser Un drama en Livonia, firmándola con la rúbrica de Victor Hugo, y tampoco el admitido lector culto pondría en tela de juicio su autoría.
Lo único que podría desencasillar a Julio Verne de su condición de autor juvenil —aunque recuérdese que fue el propio Verne, en connivencia con su editor, Hetzel, quien quiso dirigirse a este sector de público— sería la ayuda del lector, la del lector adulto que decida redescubrirlo. Para ello basta volver a leerlo con la sola ayuda de los años vividos, con la perspectiva que nos da la mayoría de edad. Así, y solo así, devolveremos a Julio Verne a la Literatura, con mayúsculas.

 


Paella o paellera: terminología definitiva

 

Parece mentira, pero todavía hoy una gran parte de los libros dedicados a la paella, por no decir la mayoría, afirman con total naturalidad y desconocimiento que llamar paellera al recipiente en donde se cocina una paella es un error propio de ignorantes aprendices. Afirman, los incautos que esto dicen, que el popular recipiente es en realidad la paella, siendo la paellera, en todo caso, la mujer que cocina la paella.
Suspiremos hondo y tengamos resignación cristiana. La Real Academia Española, en su Diccionario de la lengua española, que se supone debemos acatar como la última palabra en materia idiomática nacional, define con toda su erudita claridad ‘paellera’ como «Recipiente de hierro a modo de sartén, de poco fondo y con dos asas, que sirve para hacer la paella». Y más aún, en su primera acepción de ‘paella’, confirma que ésta es un «Plato de arroz seco, con carne, pescado, mariscos, legumbres, etc., característico de la región valenciana, en España»; sólo en la segunda acepción la admite como «Sartén en que se hace». Se puede escribir con letras más grandes, pero no más claro.
¿De dónde viene entonces tan extendida confusión terminológica? Muy sencillo, paella —de patella, en latín— es sartén en catalán, valenciano y balear, como bien lo confirman los no menos eruditos Diccionari catalá-castellá de Francesc de B. Moll, Diccionari Tabarca valencía-castellá de Vicent Pascual y Diccionario balear-español de Antonio Roig Artigues. Fuera de estas áreas lingüísticas no tiene sentido alguno llamar paella al recipiente, es más, sólo conduce a confusión, por mucho que pueda hacerse, como llega a admitir el Libro de Estilo de El País, por ejemplo, al decir que «para el recipiente en que se elabora la paella pueden emplearse, indistintamente, las palabras ‘paella’ o ‘paellera’». Para nosotros es mucho más claro y diacrítico emplear paella para hablar del plato o receta y paellera para referirnos contundentemente al recipiente característico en donde se cocina, siempre y cuando estemos hablando en castellano, naturalmente. Es, sin duda, la mejor forma de distinguir entre el continente y el contenido.

Conclusión: para no tener que recurrir a la famosa anécdota de Saquespeare, en la que un famoso orador, viendo que al pronunciar así el nombre del clásico escritor todo el mundo se echaba a reír, dio por sentado que todos hablaban inglés y continuó el resto de la conferencia en dicho idioma, para asombro y desconcierto de los allí presentes, hablemos de paella y paellera en claro castellano, sabiendo lo que decimos, y sin temor a los listillos de guardia.

 


De los errores de la literatura gastronómica

 

 
Puestos a hablar de confusiones, malentendidos y otros males relativos a la claridad, no puedo evitar sacar a colación aquí el hecho pasmoso de la cantidad de patéticos errores que aparecen en muchos libros de gastronomía, algunos escritos por insignes personajes de la restauración mundial.
Aunque pueda parecer esto un asunto intrascendente, no lo es, pues contribuye a la formación de ideas disparatadas que luego se defienden vehementemente en acaloradas conversaciones culinarias, al tiempo que contribuyen a destruir la poca o mucha cultura gastronómica que se pueda tener.
En concreto, hablando de la paella, la palma de los errores se la llevan los libros escritos por el sempiterno gastrónomo —¿qué será en definitiva un gastrónomo?—, escritor, extranjero, normalmente del orbe anglosajón, que estuvo una semana en Mallorca en uno de esos viajes de 30 euros —en pensión completa— y que a la vuelta, al calor del ordenador patrio, escribe una receta compuesta por todo lo que vio en varias paellas, más lo que se imaginó que había en ellas, como ésta que lleva los siguientes ingredientes y que alguien llamó sin recato alguno «Paella española»: pollo, chorizo, jamón ahumado, salchichas, solomillo de cerdo, rape, chipirones, salmonetes, mejillones, perejil, granos de pimienta negra y ¡laurel, tomillo y cúrcuma! Uno se pregunta en dónde la comería y si el arroz se lo pusieron aparte, pues no parece haber quedado demasiado sitio en la paellera para él.
Resulta también impactante, no se puede negar, ver en un libro dedicado al arroz una ilustración con una hermosa paella de marisco ¡en un frutero de loza! Fácil, en lugar de poner manzanas, peras y naranjas, ponemos unos mejillones, unas gambas y un poco de arroz y está: la famosa paella española.
El tema de los errores y la falta de rigor recetario en la literatura gastronómica daría para mucho no sólo en la paella. No nos resistimos a mencionar aquí la famosa receta de la Spanish Omelette (tortilla española) de un libro que se titula, sin complejos: Classic Spanish, Authentic regional recipes from all over Spain (Española clásica, auténticas recetas regionales de toda España) —no olvidemos lo de auténticas—, aunque no diremos el nombre de su autora para evitarle mayor vergüenza. Consiste la célebre tortilla española, para la autora, y lamentablemente para muchos lectores quizás ahora también, en un plato que se hace con —¡atención!—: aceite de oliva, aceite de sésamo, cebolla española —debe referirse a la cebolla roja—, pimiento rojo, cañas de apio, alubias blancas, huevos, semilla de sésamo, sal, pimienta negra molida y ensalada verde. Pero lo más interesante del plato está por venir. Opcionalmente se pueden añadir patatas cortadas en rodajas —¡opcionalmente!—, verduras de temporada, corazones de alcachofas y guisantes. Quien la haya comido tendrá bastante que contar a sus nietos sobre la inolvidable decepción que sufriría al encontrarse algún tiempo después con la verdadera y humilde tortilla española.

 


Gran Bretaña: la gastronomía del caos

Curiosa la historia de este país que, tras colonizar medio mundo, conquistar y convivir con las más dispares etnias y culturas, no puede llevar a la mesa más allá de una decena de platos tradicionales propios.
¿Qué comían los ingleses —los británicos— en tiempos? ¿Cuáles son los platos que forman parte de su herencia gastronómica, la que tiene toda nación?, pues bien parece que el plato tradicional por excelencia no pasa del «fish and chips», ese trozo de pescado rebozado con patatas fritas envueltas hasta no hace tanto en papel de periódico.
Uno piensa que, forzosamente, algo debe haber genuinamente británico. Si hiciéramos una encuesta a la población del país, un 95 por ciento respondería sin pensarlo —no hay demasiadas opciones— que el máximo exponente gastronómico nacional lo compondrían el roast beef, perfectamente castellanizado ya como «rosbif», acompañado del famoso Yorkshire Pudding (harina, huevos y leche cocinados en el horno con el jugo de la carne). Poco más añadirían seguramente los encuestados, aunque, naturalmente, hay más, como el popular shepherd’s pie o pastel del pastor (básicamente carne picada con algunas verduras y puré de patatas) o el toad-in-the-hole —sapo en el hoyo, literalmente—, salchichas horneadas en una masa de leche, huevo y harina.
Esta contradicción gran riqueza cultural/gran pobreza gastronómica que encontramos solo aquí tal vez se pueda explicar, precisamente, gracias a ese carácter viajero y colonizador de estos grandes isleños. Los británicos cicuncolonizaron el planeta al tiempo que el planeta les colonizó a ellos con todo el peso de su variadísima cocina tradicional.
La cocina británica, al día de hoy, se compone de currys, kebabs, pizzas, arroces chinos, hamburguesas americanas, cuscús, chiles mejicanos y tantas otras especialidades de ultramar. Así la entienden la mayoría de británicos y, por supuesto, así lo ven todos sus visitantes.
En casa, at home, la cosa es incluso más triste. Los británicos comen gris y monótonamente. El plato de cada día suele consistir en una carne acompañada de algunas verduras hervidas. Nada más. Cualquier cocido, por ejemplo, podría parecer aquí comida extraterrestre (garbanzos, lentejas, habas). Cualquier pescado más allá de la merluza o el bacalao se consideran una exquisitez poco habitual, y no digamos el marisco. La mayoría de los británicos creen, sin ir más lejos, que los percebes no se comen, y la visión de una fuente con erizos de mar haría salir del restaurante a más de uno.
Con este panorama, si hubiera un consejo que dar al que visita este país es que aproveche la ocasión para probar la cocina exótica de lugares remotos. Aquí encontrará lo mejor y más variado en incontables restaurantes de todo el mundo: vietnamitas, hindúes, indonesios, griegos, turcos, árabes, argentinos… Con todos ellos se suple certeramente la carencia de una buena gastronomía propia y tradicional. Los mismos británicos buscan normalmente la comida internacional; pocos buscan un restaurante donde pongan un buen rosbif con Yorkshire pudding.
Gran Bretaña, en definitiva, tiene grandes encantos que la hacen acreedora de bastante más de una visita, pero desgraciadamente la gastronomía no figura entre ellos.

 


El legado del conde de Sandwich

 
  
Gran Bretaña no ha aportado grandes platos al recetario mundial, ni mucho menos, como tampoco ha hecho grandes aportaciones gastronómicas de ninguna clase… si excluimos, claro está, a su excelencia el «sándwich».
Los británicos, efectivamente, tienen el honor de ser los inventores —pluralizando— del sacrosanto sándwich, padre adoptivo del bocadillo español. El descubrimiento se atribuye al cuarto conde de Sandwich, John Montagu, primer lord del almirantazgo, a mediados del siglo XVIII y personaje con un carismático sentido de la corrupción. Parece ser que, siendo un empedernido jugador de cartas, ordenó que le sirvieran la comida entre dos panes, para así no mancharse las manos y tener que abandonar la partida. Hallándose sumamente práctico el invento, se extendió rápidamente por todo el reino, traspasando incluso fronteras, tal era la afición al juego que había por la época.
Es, si uno se para a pensarlo, un legado bastante más importante que, por ejemplo, el reloj de cuco que nos legaron los suizos tras 500 años de empecinada neutralidad.

 


El Decreto de la patata

 

Cuenta la historia que allá por las últimas décadas del siglo XVIII la hambruna azotaba cruelmente las tierras europeas. El principal sustento del pueblo, las cosechas de cereales, sufrían el castigo de plagas incontrolables cuyos terribles efectos se veían incrementados por pésimas condiciones meteorológicas.

En esta situación de desesperación, un botánico francés, Antoine August Parmentier, trata de convencer a los campesinos para que consuman patatas. Pronto el remedio se extiende por todo el país y llega también a al resto de países de Europa.

En un principio, las clases necesitadas europeas se niegan a consumir este tubérculo, pues el hecho de que crezca bajo tierra les inspira los más hondos temores relacionados con la putrefacción de la muerte. Pero la situación es tan grave que en Alemania, el propio Federico el Grande establece un decreto mediante el que se obliga a los campesinos a cultivar patatas. Parece ser que el interés del monarca fue tal que incluso dio orden a sus tropas para que vigilaran las huertas, asegurando que se cumplían sus deseos. Y el resultado fue tan positivo, el hambre tan sabiamente atemperada, que la patata, en un principio despreciada, pasó a convertirse en aliado definitivo de los alemanes tanto en tiempos de guerra como de paz, como ocurriría en todo el continente.

Y así hoy reconoce la historia que Federico el Grande aumentó su gloria con el que hoy se conoce como el «Decreto de la patata».

 
 
 

 


El pan, simbolismo y tradición

 
El pan nuestro de cada día…
 
La Piedra Blanca, como se reconoce el pan en los ágapes masónicos, es un elemento que siempre ha estado impregnado de un marcado simbolismo.
La Biblia está llena de alusiones a este alimento que sostiene a la humanidad. Desde la condena impuesta por Yaveh al hombre como penitencia a perpetuidad por su pecado original —«ganarás el pan con el sudor de tu frente» (Génesis, III, 19)— hasta el consuelo que ofrece «…a los que trabajan con diligencia, a quienes no faltará el pan» (Proverbios, XX, 13), el pan no deja de representar y simbolizar en el texto sagrado la retribución merecida por el trabajo y la virtud, sin olvidar la alusión al castigo cuando se prescinde de ellos, como se advierte al decir «…pero faltará [el pan] al impío y al israelita infiel» (Levítico, XXVI, 26).
La cultura cristiana también exalta el simbolismo del pan a través de su Eucaristía, sacramento mediante el que se transubstancian el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo. Los cristianos toman estos dos alimentos sagrados directamente de la Última Cena, en la que Jesús bendijo el pan, lo partió y lo dio a comer a sus discípulos, queriendo así representar litúrgicamente el cuerpo de Dios que se hizo hombre.
Las antiguas religiones paganas también concedían al pan un origen divino. En su Historia Natural, por ejemplo, Plinio hace notar que, según la leyenda, fue la diosa de los cereales y la fertilidad, Deméter, quien donó el pan a los hombres, prometiéndoles que con él vivirían sin sufrimiento.
En la milenaria y misteriosa cultura egipcia no faltaba nunca el pan de espelta (escanda) y de cebada en las tumbas para el sustento simbólico del difunto en su viaje hasta el Reino de los Muertos.
La tradición judía está especialmente impregnada de este alimento bíblico. En la mayoría de sus celebraciones religiosas constituye uno de los elementos centrales. Durante la comida tradicional del sabbat, día festivo semanal para los judíos, el cabeza de familia lo reparte ceremoniosamente entre todos sus miembros. Pero es en la Pascua cuando alcanza el grado máximo de simbolismo al servir de conmemoración de la apurada huida de Egipto. Durante toda una semana se comerá pan ázimo —matzoth—, hecho tan solo con harina y agua, en recuerdo de la prohibición que Yaveh dio a Moisés para que el pueblo tomara pan sin levadura al no disponer de tiempo para fermentarlo. En la cultura hebrea, este pan simboliza la liberación de la esclavitud.
La sociedad en su estado laico ha recogido el sentido profundo dejado por las religiones al considerarlo en muchas de sus costumbres festivas y rituales como muestra de hospitalidad y buenos deseos. En infinidad de actos y tradiciones ancestrales se entrega pan y sal a los invitados a modo de bienvenida. Igualmente, existen ceremonias matrimoniales en lugares de todo el planeta en las que la presencia del pan simboliza la gran trascendencia de la unión eterna.
La masonería, por su parte, como heredera de la más pura tradición simbólica, utiliza el pan en sus ágapes como alimento de comunión —participación en lo común— entre todos los hermanos. Los banquetes empiezan, como ocurre en celebraciones tradicionales de muy diversa índole, con el reparto del pan, una vez partido, entre todos los asistentes. Se simboliza así la igualdad, la sencillez y la importancia que tiene para el hombre el alimento espiritual.
En la simplicidad del pan se encuentran sabiamente reunidos los cuatro elementos alquímicos de toda tradición esotérica: la tierra, que hace germinar la semilla; el agua, que permite crear la masa; el aire, medio etéreo en donde se produce la fermentación; y el fuego, que es quien protagoniza el milagro de la transmutación en alimento.
En pan, por último, representa a través de su proceso de elaboración —grano, harina, masa y alimento— el ciclo cerrado e interminable de la fecundación que garantiza la perpetuidad del la especie humana.

 


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