Libro de estilo masónico

INTRODUCCIÓN

Los «libros de estilo» nacieron de la mano de los medios de comunicación, especialmente de los periódicos, con la intención de unificar las formas y el método de transmitir la información. 

Con el tiempo quedó clara su utilidad para canalizar estructuradamente los enormes caudales informativos que la sociedad genera, facilitando una comprensión más rápida entre tanta señal informativa y marcando al mismo tiempo unas pautas de calidad inherentes a cada medio. 

La fórmula del «libro de estilo» se extendió a otros ámbitos del conocimiento para desembocar de un modo científico en las conocidas como «normas de calidad» (ISO, IEC, UNE, etc.). 

Hoy, casi cualquier rama del saber tiene sus propias herramientas organizativas, sus fuentes reguladoras, sus referencias… Sin embargo, hay una que por diversos motivos no ha desarrollado ninguno de estos medios. Es la masonería, que por no tener correctamente regulado no tiene ni su propia definición en el diccionario. Explica el DRAE que francmasonería es una «Asociación secreta de personas que profesan principalmente la fraternidad mutua, usan emblemas y signos especiales, y se agrupan en entidades llamadas logias». 

Partiendo de esta base reguladora formal y oficial es difícil avanzar en la «normalización» de la orden masónica. Si somos una asociación secreta —chocantemente inscrita en los registros de asociaciones culturales de España y de tantos otros países—, ¿cómo podremos crear una estructura pública, común y coherente de nuestros conocimientos? Si ya de antemano estamos definidos frente a la sociedad como una «asociación secreta», ¿cómo podremos ser capaces de familiarizar a la sociedad con nuestra obra? 

La masonería tiene la desgracia de partir de una base un tanto pantanosa, unos orígenes algo inciertos en los que el mito y la realidad están fuertemente entrelazados. Hace tiempo, alrededor del siglo xvi, hubo una asociación de tintes esotéricos con un nombre que define bastante bien la masonería: «La Sociedad de la Bruma». Este nombre romántico y misterioso simboliza en buena medida lo que la masonería sigue siendo a ojos de la sociedad: algo un tanto nebuloso. 

Reconociendo que entre la bruma ha sido algo difícil ordenar nuestro método de trabajo, parece claro que va llegando el momento de aplicar la herramienta de la razón —tantas veces reivindicada por nosotros mismos— al tratamiento práctico del legajo masónico. Lo razonable es utilizar los conocimientos actuales de la gramática, la historia, la informática… con los contenidos filosóficos heredados a través de la cadena de unión de generaciones de masones. 

Esta orden, de tan difícil definición —hay que reconocer también—, se enfrenta paralelamente a otro problema en su camino hacia la ordenación y el esclarecimiento de sus valores. Se trata de una buena parte de los propios masones. En este gran engranaje humano, nos encontramos con muchas piezas que consideran que la masonería debe permanecer entre la bruma mientras exista. Para ellos, la esencia de todo esto se basa en el «secreto», independientemente de si éste existe realmente o de si tiene algún valor en sí mismo. En realidad casi les gustaría que la definición del diccionario fuera aún válida, y que todos volviéramos a la clandestinidad. 

Son muchos, desgraciadamente, los que siguen empeñados en crear represas del conocimiento, guardando en los cajones de sus casas montones de fotocopias con una documentación «pretendidamente» secreta o exclusiva, que ni lo es, ni despierta el interés de nadie. Viven suspendidos en una idea romántica de la exclusividad del conocimiento que en la era de Internet y de la igualdad de acceso a la cultura resulta, sencillamente, ridícula. 

Esta actitud hermética —banalmente hermética— ha sido un obstáculo durante mucho tiempo en el proceso de «naturalización» de la información masónica. 

Hoy en día se necesitan obras prácticas de referencia en todos los campos del saber; la masonería no va a ser menos. Y para que estas obras puedan tener una calidad a la altura de los tiempos, es necesario que salga a la luz, la luz con minúsculas, mucha de la información que se sigue escondiendo tontamente.  

El ejemplo más claro de esta manía oclusora lo tenemos con los rituales, los instrumentos realmente clave del trabajo masónico. La masonería existe gracias y alrededor de los rituales. Sin éstos pasaríamos a ser una cofradía más, no muy distinta de cualquier cofradía de amigos de la caza o del vino. 

Lamentablemente, los rituales siguen siendo el objeto más oculto y deseado de la masonería, aunque con el pequeño matiz de que tal objeto de deseo lo es solo para los masones, porque el profano no tiene ni idea de qué son, para qué sirven, ni mucho menos quiere perder su tiempo leyéndolos. 

Como resultado de esta ocultación paranoica de los rituales, estos documentos casi nunca se han visto beneficiados por los conocimientos prácticos actuales de la ortotipografía, por ejemplo, o de la historiografía. Todos los masones sabemos que la mayoría de los rituales están, literalmente, llenos de errores de toda índole, incluidas sonoras faltas de ortografía que deberían enrojecer a cualquier masón que tenga que verlas en cada tenida sin posibilidad de corrección en base a su pretendida inalterabilidad. 

La ausencia de información y referencia a este respecto es tan clamorosa que se dan situaciones realmente absurdas —y cómicas—, como la de la respuesta de un maestro masón a una consulta de tipo ritual que le hizo un compañero: «lo he consultado en el libro de Ricardo de la Cierva, y no venía nada». El maestro se refería al famoso libro antimasónico El triple secreto de la masonería, que presume de tener —y tiene— unos rituales completos de la maso­nería. Lo grave es que la anécdota es verídica, y que el gran beneficiado en todo esto es el propio Ricardo de la Cierva, que vive muy a gusto a expensas del infantil secretismo de algunos masones. 

Yo mismo, mientras trabajaba en la elaboración de este libro, me encontré con esta inconsciente sinrazón al pedir inocentemente a una hermana masona que me permitiera ver alguna documentación de su obediencia para estudiar cómo enfocaban el tratamiento de los femeninos. La hermana en cuestión me contesto con cierto estiramiento que podía deducir por mis palabras que ya había habido algún irresponsable que me había dejado ver documentación masónica —¡a mí, que también soy masón y maestro!—, pero que ella ni hablar, rematando su negativa con una frase para no olvidar: «el protocolo y el rigor son mi firma». Y con esto quedaba cerrado mi acceso a una documentación pretendidamente iniciática y secreta, con toda probabilidad muy mejorable en sus formas. 

En realidad, «el protocolo y el rigor» son libros como éste, los libros que buscan el esclarecimiento y sirven de ayuda para todos los masones. A los profanos, vuelvo a decir, todo esto les interesa bien poco. Además, ¿es que un profano, o un aprendiz, se van a convertir en maestro masón por conocer la palabra sagrada de ese grado? 

La aportación que hacen libros de referencia, como éste, es muy necesaria hoy en día en la masonería. El problema es lo reducidísimo que está el panorama editorial a este respecto, especialmente en el área lingüística del español. 

La presente obra, sin pretender establecer ninguna norma incontestable, ni ser excluyente con otras teorías o planteamientos, busca servir de ayuda en muchos aspectos prácticos del trabajo masónico en donde el propio masón y el investigador encuentran muy pocas referencias, principalmente por los motivos antes reseñados. 

El primer conocimiento, digamos «técnico», necesario para el tratamiento de la documentación —cualquiera que sea— es la simple y llana «ortografía», ampliada por un concepto más amplio, la «ortotipografía», el conjunto de usos y convenciones particulares por las que se rige en cada lengua la escritura mediante signos tipográficos. A este aspecto tan primordial, pero a la vez tan desconocido, se dedica una buena parte de esta obra. El método ha sido bien lógico: aplicar la ortotipografía general a los supuestos ortotipográficos de la documentación masónica. Aunque parezca increíble, la mayoría de masones todavía no tienen claro si el nombre de las logias, por ejemplo, debe escribirse entre comillas, en cursiva, o cómo. Muchos incluso se aferran a invenciones y usos propios que ya creen incuestionables, pero en las reglas ortotipográficas generales ya está contemplado prácticamente todo. No hay más que aplicarlas, y aquí se enseña cómo hacerlo en sana comunión con las reglas ortográficas de la lengua española. 

Mejorando las formas externas de la documentación masónica lograremos dar una imagen mucho más respetable de la masonería ante el mundo. Todos esos documentos masónicos que hoy nos representan en elementales fotocopias, llenas de errores, de faltas, con una maquetación de nivel escolar, sin el acabado profesional de cualquier documento técnico, científico o humanista moderno, no hacen más que poner en evidencia una gran precariedad cultural, por mucho que la escondamos en la bruma. 

En esta amplia sección dedicada a la ortotipografía, se hace una defensa —y una clara reivindicación— de una figura ortográfica única: los tres puntos masónicos (#). No existe otro signo que identifique más rápidamente un contexto cultural que esta simbólica formación de puntos. Su utilidad gráfica es extraordinaria, encerrando con maravillosa sencillez toda una simbología filosófica. Sin embargo, probablemente por desidia y falta de rigor, su uso tiende a la extinción, llegándose al caso de obediencias que expresamente reniegan y proscriben su uso. Bien es cierto que muchas de ellas no los llegaron a usar nunca, pero esto no excluye la posibilidad, aún a tiempo, de recuperarlos y hacerlos suyos con plena legitimidad. 

La recuperación y conservación de este tipo de valores únicos, y a menudo despreciados, es, precisamente, uno de los pilares argumentales de obras como este libro de estilo. 

En la misma línea de necesidad de referencias en el uso de las diferentes técnicas lingüísticas, resultaría inexcusable pasar por alto los medios informáticos con que se gestiona la documentación. Así, en otra sección de esta obra se abordan los aspectos, no por generales mejor conocidos, de Internet y el correo electrónico. ¿Sabemos bien cómo estructurar un mensaje de correo electrónico? ¿Estamos seguros de cómo hay que encabezarlo, con qué expresión debemos saludar y con cuál debemos despedirnos en el contexto masónico? ¿Sabemos hacer una firma electrónica, que además cumpla con la ley en materia de protección de datos? Si analizamos por un momento la bandeja de entrada de mensajes de nuestro programa de correo veremos que ¡en absoluto! Muy pocos mensajes mantienen una corrección técnica mínima. El reciente concepto de netiqueta, palabra derivada del francés étiquette (buena educación) y del inglés net (red) o network, que engloba al conjunto de normas de comportamiento general en Internet, es todo un mundo, desconocido para muchos, de buen gusto y estilo en nuestra interrelación con Internet. Quien lo conoce y usa ofrece una imagen de educación y exquisitez cultural que debería ser consustancial al masón que pretende y debe ser ejemplo para la sociedad.

La obra se completa con un estudio práctico sobre los antiguos documentos masónicos, los «Antiguos Deberes» u Old Charges, de gran interés histórico en el ámbito de la masonería, así como con otras secciones de conocimientos urgentes y prácticos, como pueden ser listas con los grados de diferentes ritos masónicos, vocabularios y listas de conductas ampliamente usadas en la masonería.

Un libro de estilo debe ser un referente práctico, esquemático, directo, objetivo e imparcial que podamos tener a mano sobre la mesa de trabajo. Eso es lo que busca y pretende conseguir esta obra, junto con la aspiración, quizás más alta, pero más importante también, que muchos masones tenemos a día de hoy: esclarecer lo que es la masonería a los ojos de la sociedad, situarla en el contexto de cultura filosófica e inciática que la caracteriza íntimamente, lejos de pueriles oscurantismos y estéticas brumosas, y lo más cerca posible de las ciencias humanas tradicionales.

 Javier Otaola, todo un referente masónico e intelectual, me lo definió muy gráficamente: «tenemos que conseguir sacar los libros de masonería de la estantería de ocultismo de las librerías».

Ésta es un poco la intención de la obra que tiene en sus manos: ayudar en la urgente y necesaria labor de esclarecimiento de la masonería a ojos de los propios masones y de la sociedad a la que pertenecen. 

 


Textos Fundamentales de la Masonería

Estudio preliminar sobre los textos históricos de la masonería

Los documentos histórico s más antiguos que sirven para articular y comprender la Francmasonería se conocen como Old Charges, término normalmente traducido al español como «Antiguos Deberes», aunque más exacta, quizás, sería la traducción por «Antiguas Responsabilidades». A través de su estudio, hoy podemos trazar una línea continua histórica que une la masonería «especulativa» actual con su predecesora, la «operativa», sirviendo de prueba palpable sobre la estrecha vinculación de ambas.

Estos Antiguos Deberes constan de unos ciento treinta manuscritos fechados entre 1390, fecha del Manuscrito Regius, el más antiguo en su género, y el primer cuarto del siglo xviii, época de las universalísimas Constituciones de Anderson. En la presente obra, no obstante, se ha ido más allá al incluir, por ejemplo, las Constituciones de York del año 926, consideradas como el primer documento constituyente de la masonería operativa, y, por tanto, documento clave y «fundamental» de ésta, así como algunos otros escritos posteriores al conocido documento de Anderson —y Désaguliers—, también acreedores por sí mismos de un valor histórico fundamental para nuestros días, como son los Landmarks de Mackey de 1858.

No todos estos documentos se conservan completos. Aunque algunos sí han llegado íntegros a tiempos presentes, y en su soporte de redacción original, como es el caso de los impresionantes Estatutos de los Canteros de Bolonia, que datan nada menos que de 1248, la mayor parte apenas son trozos de pergaminos, hojas sueltas desprendidas o arrancadas de algún libro o extractos de actas de alguna logia, prácticamente destruidos por el paso del tiempo o por diversos avatares. Con toda seguridad, por ejemplo, en el gran incendio que asoló Londres en el año 1665 se perdieron incontables manuscritos que hoy serían valiosísimas pruebas documentales. Solamente la logia anexa a la catedral de San Pablo (Saint Paul’s Cathedral) podía albergar centenares de ellos. También la acción del hombre contribuyó en gran medida a la pérdida de muchos tesoros históricos. A la mano consciente y deliberadamente destructora del conocimiento de unos se une la acción incomprensiblemente censuradora de otros, como es el caso de la quema de documentos relacionados con la masonería operativa que en su día llegó a hacer el propio Jean Théophile Désaguliers, principal redactor de  las Constituciones de Anderson.

En general, los Antiguos Deberes recogen normas que regulaban el exclusivo arte de la construcción en unos tiempos en los que la transmisión de los conocimientos no era fácil. De hecho, muchos de ellos ni siquiera se escribieron en el momento de su concepción, sino, incluso, siglos después, conservándose su conocimiento gracias a la transmisión oral de logia en logia. Téngase en cuenta, además, que la custodia del «saber» estuvo durante muchos siglos en manos de la Iglesia, poco favorable siempre a la tenencia misma de la sabiduría y, mucho menos, a su libre circulación entre los hombres.

Prácticamente todos los Antiguos Deberes son traducciones de variantes del inglés más o menos arcaico al inglés actual. Gracias a estas traducciones y a su análisis, hoy podemos saber cómo se organizaban los constructores —los masones o albañiles— del gran período arquitectónico que se extendió por Europa principalmente del siglo x al xvii. La masonería operativa, aquella que construía material y físicamente los templos y las edificaciones nobles, debe  mucho a esta documentación, un poco «sindicalista», que regía su vida y obra.

Por prudencia, por miedo o por costumbre, los textos de los Old Charges, de los Antiguos Deberes, suelen estar redactados en una marcada clave de religiosidad cristiana, característica claramente medieval y, en realidad, reflejo de la era que les dio razón de ser.

El mensaje de fondo, el pragmático, es decir, la organización del trabajo, las reglas, obligaciones y derechos de los masones —operativos aún— venía a veces enmarcado entre referentes de carácter histórico y, con frecuencia, otros más bien de gusto legendario o mitológico. Su finalidad no debía ser otra que la de «formar» en la medida de lo posible, y, especialmente, dar un cierto sentido de exclusividad, de conocimiento esotérico y restringido, con el fin de unir y, quizás, hermanar a quienes tuvieran la «fortuna» de poder compartir determinados conocimientos pretendidamente exclusivos. En muchos casos, entre tanto ornamento histórico y legendario, saltan a la vista auténticos errores historiográficos, incongruencias cronológicas o fusiones inaceptables de verdad e invención. Tampoco ha de sorprender esto demasiado si tenemos en cuenta el precario sistema de transmisión del legado instructivo al alcance de la mano de quienes no eran ni clero ni nobleza.

En cuanto a la temática de la parte histórica de los manuscritos, aunque variada, existe cierta preferencia, constatada en varios documentos, por la construcción del Templo de Salomón. No faltan tampoco alusiones a otras construcciones del marco bíblico, como la Torre de Babel, o relacionadas con personajes del mundo gnóstico, como Hermes Trismegisto. Y por lo que se refiere a la latitud geográfica, la preferencia es Egipto, poseedor de un patrimonio arquitectónico de formidable antigüedad, sin olvidar el mundo clásico de Grecia y Roma, o el simbólico y codiciado Israel, la «Tierra Santa», en continuo litigio entre los dos grandes y más beligerantes orbes religiosos de la humanidad: cristianismo e islamismo.

Es muy frecuente que los manuscritos comiencen con alguna clase de invocación religiosa, e incluso plegarias, de obligada recitación a veces para los masones dentro de las Logias. Naturalmente, a diferencia, de la práctica especulativa actual de la masonería, que alienta, o defiende, o admite cualquier religión, en la masonería operativa europea de su tiempo solo tenía cabida la religión cristina, promotora, hay que reconocer, de las grandes construcciones sagradas y monumentales.

La sociedad gremial de los constructores tenía, siguiendo la tradición, algunos santos que la protegían, como era el caso de San Albano —St. Alban—, que amparaba, según diversos manuscritos, a los constructores de la Inglaterra medieval. La participación o referencia santoral es una constante en la documentación que forma los Antiguos Deberes. Incluso en las construcciones «no sagradas», como palacios o fortalezas, es habitual la conexión divina en un grado de mayor o menor misticismo. La sociedad laica era, por entonces, algo impensable, y es difícil concebir una obra de creación de la espectacularidad de aquellas edificaciones que se viera exenta de alguna forma de juramento bíblico. Son muchos los manuscritos que relatan o explican alguna forma de juratoria.

El juramento es, además, algo inherente e ineludible en la preservación del secreto, y, más concretamente, en la práctica de la iniciación que suponía ser admitido en el muy respetado y noble oficio de la construcción.

Pero, al margen del envoltorio histórico, místico e iniciático de los Antiguos Deberes, en el fondo con una intención meramente introductoria y ornamental, el cometido de este conjunto de manuscritos no era otro que organizar a todo un gremio, el de la construcción, vital para el poder repartido entonces entre nobleza y clero, y garantizar su perpetuación por los siglos y en bien del mismo poder. No en vano son varios los documentos que están auspiciados y motivados por el propio monarca, autoridad indiscutible medieval, como es el caso del príncipe Edwin, hijo del rey Athelstan, que llegó a constituir una asamblea general con el fin de organizar y dar forma a un nuevo código de leyes destinado a regir el noble Arte Real.

El fin último de los manuscritos de los constructores eran los «deberes» —o responsabilidades, como decíamos al principio— de éstos para con el gremio, para con la sociedad en sí misma, garantizando su desarrollo arquitectónico. No es para olvidar el hecho de que las civilizaciones se miden más por su imagen y rastro arquitectónicos que por cualquier otro criterio, forzosamente menos visible para las generaciones posteriores que las juzgarán. Egipto es, quizás junto con la Grecia clásica y Roma, el ejemplo más notable de civilizaciones altamente reconocidas en todos los aspectos de su existencia. Recordemos, por otra parte, que hubo otros grandes imperios, pero solo lo fueron de fuerza y dominación, no de cultura, como es el caso del terrible imperio de los mongoles del Kublai Khan, de los vikingos o, en otra medida, pero no menos feroz, del imperio otomano, que no dejaron huella en el registro histórico de la humanidad al no haber desarrollado el más duradero de los símbolos de cultura: la construcción.

Un primer estudio a vista de pájaro de lo que se conoce como los Antiguos Deberes parece demostrar que, en su mayoría, los textos que los forman no dejan de ser trabajos de recopilación y ampliación de unos articulados con otros. Efectivamente, la repetición, la superposición e incluso la fusión de documentos es una constante en la larga cadena de manuscritos de los constructores. Parece claro que incluso las piezas documentales más antiguas, incluida la de más antigüedad hoy reconocida, la Constitución de York del año 926, es fruto de la cocción literaria de otros cartularios o legajos más antiguos aún, sin querer con ello señalar ningún menosprecio a la calidad y valor histórico de todos ellos.

Pero, en realidad, al margen de lo que es el estudio propiamente histórico de estos documentos, lo realmente trascendental para la masonería especulativa actual es comprender la función que tenían dichos manuscritos dentro de las logias de cada época y de cada lugar. Las conclusiones históricas tienen una enorme importancia a la hora de dibujar la crónica general de todos esos siglos en el ámbito de la construcción y de la evolución misma de las sociedades, pero entender su razón de ser dentro de su propia utilidad práctica, su origen, su singularidad frente a otros documentos gremiales, ayudará bastante más, seguramente, a explicar muchas de las particularidades de la «construcción especulativa» de nuestros días.

 Por lo general, los Antiguos Deberes —hay quien prefiere referirse a ellos siempre por su nombre original en inglés, Old Charges— se componen de una primera parte en forma de invocación religiosa (cristiana) o incluso de una pequeña plegaria, un cuerpo central de carácter histórico, en el que, en mayor o menor medida, se aporta un relato sobre la historia del propio oficio de la construcción, y, finalmente, una relación de los «deberes» u obligaciones que los masones contraían con su logia en el momento de su ingreso.

No parece muy probable que se leyera todo el documento o documentos cada vez que se producía una nueva incorporación de un obrero a la construcción, aunque sí resulta razonable creer que, como mínimo, las logias, el centro neurálgico de los equipos constructores, debían guardar con gran celo aquellos documentos que adoptaban para regir su modus operandi. Esto no excluye que el maestro de obras leyera a los recién llegados al menos la última parte de dichos documentos, es decir, la relativa a los «deberes» de los masones. Es posible, también, que la lectura de estos documentos se hiciera dentro de una puesta en escena más o menos iniciática. Sabemos que los constructores medievales, tenían, dentro de sus limitaciones como clase obrera, un particular prestigio y reconocimiento social y, especialmente, del clero y la aristocracia, su clientela natural y, por entonces, única.

En un símil un poco aventurado se podría decir que la posesión de alguno de estos manuscritos normativos —Old Charges— por parte de un equipo constructor, venía a representar una suerte de «certificación de calidad» como las que actualmente existen en la empresa moderna y que, en realidad, no dejan de ser una declaración de intenciones sobre cómo fabricar un producto o prestar un servicio. Su sola posesión creaba un halo de autenticidad a los ojos tanto de contratantes (nobles y miembros de la Iglesia) como de contratados (obreros masones o albañiles), una garantía en la que confiar, un sello de calidad, en definitiva.

Llegados al día de hoy, el enorme arco documental que forman estos manuscritos sirve —después naturalmente de su valor cronístico— un poco a modo de jurisprudencia masónica, una jurisprudencia que, es evidente, no existe en ningún otro oficio por ancestral que sea. Pero, a pesar del gran volumen de contenidos para su estudio que se desprende de toda esta documentación, las investigaciones verdaderamente rentables, desde el punto de vista práctico, no comenzaron hasta mediados del siglo xix.

Por entonces, y no deja de ser curioso el hecho, había constancia de muy pocas relaciones de documentos. Una de ellas, tal vez la primera conocida, fue la lista de 32 manuscritos recopilados por William James Hugham en 1872, que posteriormente, en 1895, consiguió aumentar a 66. Hasta 1914 no se conocería un «censo», por decirlo de algún modo, suficientemente exhaustivo de documentos históricos de la masonería —operativa y especulativa— gracias al inestimable trabajo de Albert Gallatin Mackey con la versión nueva y revisada de su monumental An Enciclopaedia of Freemasonry and its Kindred Sciences (Enciclopedia de la Francmasonería y sus ciencias afines), obra en la que llevaba trabajando desde 1873.

Por su parte, la primera y más importante Logia de investigación del mundo, Ars Quatuor Coronatorum, fundada en 1886 con el número 2076 de Inglaterra, también reunió y publicó en su volumen XXXI, de 1918, una completa lista de 98 documentos (Old Charges and Ritual, R.H. Baxter). Probablemente se trate de la relación más «fiable» de cuantas se encuentran hoy disponibles. Entre otros aspectos interesantes desde el punto de vista de la investigación, destaca el hecho de que la relación ofrece datos precisos sobre dónde se reprodujeron los documentos y en qué fecha.

Ya mucho más recientemente se han publicado diversas relaciones de documentos más o menos exhaustivas, como la muy interesante y científica lista de manuscritos recopilada entre 1999 y 2002 por el investigador Lee Miller. En este trabajo, Miller clasifica los documentos por fecha, familia, rama, tipo, categoría y otros criterios más aún, lo cual confiere a la lista un valor de estudio ciertamente atractivo.

 


La Iniciación

Algunas precisiones sobre la Iniciación masónica

  

 

Textos: Gran Logia Simbólica Española (www.glse.org)

Fotos: Sebastián Utreras (www.sebastianutreras.com)

La iniciación masónica no es un fenómeno puntual y momentáneo sino que es un proceso, aunque pueda representarse en una ceremonia.

La iniciación no se da, se provoca.

La iniciación no es una experiencia sacramental o mágica sino un proceso de aprendizaje psicológico.

La iniciación masónica no es un camino de salvación de carácter religioso o esotérico sino un proceso de autoesclareci­miento y es compatible con cualquier fe religiosa o esotérica que no anule la libertad del individuo, así como también es compatible —en el caso de la masonería liberal— con el agnosticismo y el ateísmo.

No sería compatible con una postural de nihilismo radical que negara cualquier sentido transcendente o inmanente al mundo, que interpreta el Universo como un puro caos sin orden posible, que negara que a pesar del desorden aparente hay un COSMOS.

La iniciación masónica no es el único método de esclareci­miento, sino que es uno más. Existen experiencias vitales espontáneas que tienen virtualidad iniciática en cuanto que provocan un amento de conciencia del individuo, una nueva y mas responsable actitud ante la vida, v. g., la maternidad/ paternidad, la compasión por el dolor ajeno, la emoción estética, la creación artística, la experiencia de la muerte etc… Son experiencias iniciáticas aunque no metódicas sino espontáneas. El método de iniciación masónico esta conser­vado en sus Rituales, que han sido elaborados en un largo proceso de decantación histórica y que guardan, cada uno en su particular estilo, una específica “ecología” emocional y simbólica, un sutil equilibrio de gestos y palabras que no puede ser alterado arbitrariamente.

El método masónico no impone una unidad ideológica a quienes lo practican: da un marco axiológico general que admite y exige el pluralismo en su interior.

El método masónico se basa en la funcionalidad de los sím­bo­los constructivos que articulan un imaginario emancipador de la conciencia individual que hará caso cada masón resistente a cualquier manipulación simbólica.

La Logia Masónica no es un grupo de presión.

La logia no da consignas a sus miembros que condiciones sus vidas privadas, su actividad profesional o el desempeño de cualquier cargo público: cada uno interpreta su compro­miso masónico en conciencia. Las Logias masónicas no hacen proselitismo ni «marketing» para iniciar a nadie en masonería. Las Logias pueden dar a conocer su existencia.

Nadie está obligado a guardar secreto de su condición de masón. La masonería no es una organización clandestina.

Todo Masón se compromete por el mero hecho de serlo, a intentar vivir como un ciudadano ejemplar. La masonería no es una secta, ya que no busca la sumisión de sus miembros a ningún gurú o líder, sino que prepara para cada uno de sus miembros un camino personalizado hacia la maestría de sí mismo. La masonería no admite a menores de edad en las Logias, y se dirige a personas libres dotadas de autonomía como individuos. La Logia no somete a sus miembros a ningún tipo de dirección espiritual.

El símbolo masónico es esencialmente polisémico y no admite una interpretación monista o clónica.

El método masónico nos implica racional pero también emocionalmente, apela a nuestra parte verbal —afectiva— inconsciente y también a nuestra parte no verbal —afectiva— inconsciente.

La Logia en la Gran Logia Simbólica Española reúne la doble condición de grupo iniciático y sociedad de pensamiento.

La Masonería no es un sindicato de intereses ni una mutua aunque se compromete a ayudar a sus miembros en la medida que sus posibilidades y dentro de lo que es lícito. La Masonería no es un club social aunque a su alrededor puedan nacer vínculos de amistad personal y de relación social.

La Masonería no es una organización de caridad aunque puede apoyar la creación y mantenimiento de actividades humanistas y de bienestar social.

La Masonería no compite con ninguna confesión religiosa ni con ningún partido político, aunque se adhiera al valor político de la libertad y al respeto a los Derechos Humanos. La Masonería no tiene una estructura dispuesta para la acción política organizada ni busca el poder político.

La Masonería no es tampoco una asociación cultural o recreativa aunque pueda dar lugar a iniciativas culturales o de ocio.

La Masonería no es una empresa mercantil, ni actúa movida por ningún ánimo de lucro aunque está interesada en gozar de la suficiencia económica necesaria para el desempeño de sus funciones.

La Masonería combina en su organización y funcionamiento la verticalidad iniciática con la horizontalidad democrática.

La masonería no está organizada como una estructura mundial o internacional sino que se organiza nacionalmente en federaciones de Logias que reciben el nombre de Grandes logias o grandes Orientes.

El ideal de la Masonería es «Un masón libre en una logia libre».

La Logia o el grupo local es la base del trabajo masónico.

El fundamento básico de la Masonería es la experiencia de autoconstrucción y que posteriormente fue elaborada como un verdadero método de construcción personal y social: «Lo que tú haces, te hace».

La Masonería no propugna una ideología política determi­nada, concreta y detallada, pero sí unos valores generales que se han de concretar históricamente: «Libertad, igualdad, fraternidad».

En el seno de la Gran Logia Simbólica Española es esencial la apor­ta­ción de la mujer como Maestra de su propia arquitec­tura interior con el mismo rango que el varón.

La Masonería no es una institución didáctica ni doctrinaria.

La Logia no enseña sino que suscita, sugiere, provoca, despierta, impregna.

Las Declaraciones de los Derechos y deberes del Hombre son referencias axiológicas esenciales de la Masonería.

La arquitectura simbólica con que trabaja la Masonería pretende que cada masón haga de su vida una verdadera Obra de Arte de Sabiduría, Fuerza y Belleza, y del Mundo un lugar donde sea posible la paz, el amor y la alegría. A eso llamamos los masones al Arte Real.

 


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