
El vino, al margen de su uso puramente alimenticio, siempre ha estado relacionado con las deidades de cada momento y lugar. Hace ya mucho, los sumerios adoraban a la «Madre Cepa», Gestín. En Egipto, 4.000 años a.C., existen las primeras referencias de que el vino se atribuía a la gracia de Osiris, creyéndose que la uva no era más que las lágrimas de otro de sus dioses, Horus. Los griegos, por su parte, según refleja fielmente la mitología homérica, lo consideraban un regalo de Dionisos, y los romanos lo ofrendaban en el altar de Vesta de cada hogar, brindando a la salud del dios Baco. En tiempos pre-islámicos, también existe toda una tradición sufí adoradora del vino, como testifica la vasta literatura poética persa de la época.
Tan íntimamente está ligado el vino a la religión que cabría preguntarse qué fue antes: ¿el vino o la religión?
Es difícil responder a esta pregunta, pues la vid ha sido uno de los primeros pasos de la agricultura, y la agricultura, a su vez, junto con la religión, uno de los primeros pasos del hombre, en su forma pensativa y racional, como hoy se reconoce. Así que el origen de ambos, vino y religión, parece perderse en algún momento casi común del lejano pasado protohistórico del hombre.
Lo que sí parece claro es por qué fue el vino, precisamente, la primera bebida de carácter «mágico». El efecto embriagador del alcohol, por fuerza sobrenatural para el hombre primitivo, solo se puede obtener con tanta facilidad de una fruta tan azucarada y propensa a la fermentación espontánea como la uva. Así, tras unas primeras vinificaciones fruto más del azar que de la lógica cavernaria, el hombre descubrió el embrujo del vino. Y como todo lo brujesco es deísta en alguna medida, el vino no tardó en formar parte del culto religioso.
Hoy resulta fácil entender por qué aquel hombre de la misma especie que la nuestra, pero tan distante ya en sus volúmenes lógicos, captó rápidamente la esencia y trascendencia del vino y lo hizo suyo en todas las épocas y culturas. La pérdida del frío sentido de la realidad a través de la embriaguez en eras pretéritas extremadamente duras, es posible que haya sido la clave de la fusión del vino y la religión, manifestándose ésta comunión a través de todo un universo iconográfico.
La principal correlación simbólica del vino es, sin lugar a duda, la sangre. A partir de su notable similitud física y naturaleza algo mistérica, de un modo u otro, prácticamente todos los pueblos simbolizaron la sangre con el vino. En las culturas antiguas, más o menos bárbaras, era habitual beber la sangre de los enemigos tras cada batalla en la creencia de que así se apoderaban de su fuerza. Era, en definitiva, una forma de celebrar un éxito. Con el tiempo, y el progresivo refinamiento cultural de las celebraciones, se hizo necesaria la sustitución —simbólica— de la sangre por algo más accesible y menos «dramático». El vino se prestó con facilidad para ello por su fácil analogía y efectos «mágicos».
Los poetas griegos alababan la «embriaguez sagrada» pues permitía conocer, aunque de forma efímera, el universo de los dioses. Para esta importantísima civilización, el vino tenía un doble sentido. Por un lado representaba el sacrificio desde el punto de vista de la sangre y, por otro, significaba la vida eterna, la inmortalidad, la juventud interminable.
Para los persas el vino tenía tal importancia conceptual que en su antigua lengua se utilizaban hasta siete vocablos diferentes para referirse a él: mai, bādah, sahbā, sabuh, modām, jamr y sharāb. A veces se quería representar simplemente como una bebida intoxicante, otras como aquello que hace hervir el amor, en ocasiones por sus efectos divinos, por su esencia mística, etc.
Tal vez sea en el lejano Oriente donde el vino tuvo menos aceptación cultural. Incluso se cuenta que el fundador de la última dinastía china, Tai-Issue, aceptó en una ocasión un vino procedente de Tuen-suen, prohibiendo que se le volviera a ofrecer nunca más a él, ni a su pueblo. Esto no quita que el vino se hallara presente en dichos países desde hace muchos siglos, aunque ya no existe en ellos un reflejo simbólico importante.
Pero desde los tiempos paleolíticos, presumibles comienzos del vino, hasta nuestros días, parece claro que el epicentro simbológico del vino se sitúa en el entorno bíblico. En el Antiguo Testamento existen incontables referencias, como la de la viña que plantó Noe tras salir de su Arca para dar de beber a su descendencia, o la clara expresión alusiva del pueblo de Dios como «la viña del Señor». En toda celebración judeocristiana está presente el vino, incluyendo su más elevado concepto dogmático: la «sangre de Cristo». Hoy, en todo el mundo occidental, el vino sigue simbolizando la vida eterna gracias a la continuidad de la tradición cristina a través de sus liturgias y textos sagrados.
Oníricamente el vino también tiene un marcado efecto simbólico. Soñar que se bebe con moderación indica la búsqueda positiva de un nivel evolutivo superior, mientras que si en el sueño se llega al estado de embriaguez, el mensaje indica una ambición excesiva con efectos destructivos.
Conocido como pólvora roja (o pólvora blanca si es blanco), en el mundo lleno de símbolos de la Masonería, el vino forma parte del alimento gnóstico y espiritual que los hermanos comparten en sus ágapes. Significa salud física y salud espiritual y, en cierto modo, también es símbolo de la consecución mística.Cualquiera que sea su interpretación, su momento histórico o su entorno cultural, el vino parece haber sido siempre un símbolo de comunión «iniciática» entre varias personas (es raro su ensalzamiento desde la propia individualidad), como lo demuestran tantos textos sagrados e históricos.