Paella o paellera: terminología definitiva

 

Parece mentira, pero todavía hoy una gran parte de los libros dedicados a la paella, por no decir la mayoría, afirman con total naturalidad y desconocimiento que llamar paellera al recipiente en donde se cocina una paella es un error propio de ignorantes aprendices. Afirman, los incautos que esto dicen, que el popular recipiente es en realidad la paella, siendo la paellera, en todo caso, la mujer que cocina la paella.
Suspiremos hondo y tengamos resignación cristiana. La Real Academia Española, en su Diccionario de la lengua española, que se supone debemos acatar como la última palabra en materia idiomática nacional, define con toda su erudita claridad ‘paellera’ como «Recipiente de hierro a modo de sartén, de poco fondo y con dos asas, que sirve para hacer la paella». Y más aún, en su primera acepción de ‘paella’, confirma que ésta es un «Plato de arroz seco, con carne, pescado, mariscos, legumbres, etc., característico de la región valenciana, en España»; sólo en la segunda acepción la admite como «Sartén en que se hace». Se puede escribir con letras más grandes, pero no más claro.
¿De dónde viene entonces tan extendida confusión terminológica? Muy sencillo, paella —de patella, en latín— es sartén en catalán, valenciano y balear, como bien lo confirman los no menos eruditos Diccionari catalá-castellá de Francesc de B. Moll, Diccionari Tabarca valencía-castellá de Vicent Pascual y Diccionario balear-español de Antonio Roig Artigues. Fuera de estas áreas lingüísticas no tiene sentido alguno llamar paella al recipiente, es más, sólo conduce a confusión, por mucho que pueda hacerse, como llega a admitir el Libro de Estilo de El País, por ejemplo, al decir que «para el recipiente en que se elabora la paella pueden emplearse, indistintamente, las palabras ‘paella’ o ‘paellera’». Para nosotros es mucho más claro y diacrítico emplear paella para hablar del plato o receta y paellera para referirnos contundentemente al recipiente característico en donde se cocina, siempre y cuando estemos hablando en castellano, naturalmente. Es, sin duda, la mejor forma de distinguir entre el continente y el contenido.

Conclusión: para no tener que recurrir a la famosa anécdota de Saquespeare, en la que un famoso orador, viendo que al pronunciar así el nombre del clásico escritor todo el mundo se echaba a reír, dio por sentado que todos hablaban inglés y continuó el resto de la conferencia en dicho idioma, para asombro y desconcierto de los allí presentes, hablemos de paella y paellera en claro castellano, sabiendo lo que decimos, y sin temor a los listillos de guardia.

 


De los errores de la literatura gastronómica

 

 
Puestos a hablar de confusiones, malentendidos y otros males relativos a la claridad, no puedo evitar sacar a colación aquí el hecho pasmoso de la cantidad de patéticos errores que aparecen en muchos libros de gastronomía, algunos escritos por insignes personajes de la restauración mundial.
Aunque pueda parecer esto un asunto intrascendente, no lo es, pues contribuye a la formación de ideas disparatadas que luego se defienden vehementemente en acaloradas conversaciones culinarias, al tiempo que contribuyen a destruir la poca o mucha cultura gastronómica que se pueda tener.
En concreto, hablando de la paella, la palma de los errores se la llevan los libros escritos por el sempiterno gastrónomo —¿qué será en definitiva un gastrónomo?—, escritor, extranjero, normalmente del orbe anglosajón, que estuvo una semana en Mallorca en uno de esos viajes de 30 euros —en pensión completa— y que a la vuelta, al calor del ordenador patrio, escribe una receta compuesta por todo lo que vio en varias paellas, más lo que se imaginó que había en ellas, como ésta que lleva los siguientes ingredientes y que alguien llamó sin recato alguno «Paella española»: pollo, chorizo, jamón ahumado, salchichas, solomillo de cerdo, rape, chipirones, salmonetes, mejillones, perejil, granos de pimienta negra y ¡laurel, tomillo y cúrcuma! Uno se pregunta en dónde la comería y si el arroz se lo pusieron aparte, pues no parece haber quedado demasiado sitio en la paellera para él.
Resulta también impactante, no se puede negar, ver en un libro dedicado al arroz una ilustración con una hermosa paella de marisco ¡en un frutero de loza! Fácil, en lugar de poner manzanas, peras y naranjas, ponemos unos mejillones, unas gambas y un poco de arroz y está: la famosa paella española.
El tema de los errores y la falta de rigor recetario en la literatura gastronómica daría para mucho no sólo en la paella. No nos resistimos a mencionar aquí la famosa receta de la Spanish Omelette (tortilla española) de un libro que se titula, sin complejos: Classic Spanish, Authentic regional recipes from all over Spain (Española clásica, auténticas recetas regionales de toda España) —no olvidemos lo de auténticas—, aunque no diremos el nombre de su autora para evitarle mayor vergüenza. Consiste la célebre tortilla española, para la autora, y lamentablemente para muchos lectores quizás ahora también, en un plato que se hace con —¡atención!—: aceite de oliva, aceite de sésamo, cebolla española —debe referirse a la cebolla roja—, pimiento rojo, cañas de apio, alubias blancas, huevos, semilla de sésamo, sal, pimienta negra molida y ensalada verde. Pero lo más interesante del plato está por venir. Opcionalmente se pueden añadir patatas cortadas en rodajas —¡opcionalmente!—, verduras de temporada, corazones de alcachofas y guisantes. Quien la haya comido tendrá bastante que contar a sus nietos sobre la inolvidable decepción que sufriría al encontrarse algún tiempo después con la verdadera y humilde tortilla española.

 


Gran Bretaña: la gastronomía del caos

Curiosa la historia de este país que, tras colonizar medio mundo, conquistar y convivir con las más dispares etnias y culturas, no puede llevar a la mesa más allá de una decena de platos tradicionales propios.
¿Qué comían los ingleses —los británicos— en tiempos? ¿Cuáles son los platos que forman parte de su herencia gastronómica, la que tiene toda nación?, pues bien parece que el plato tradicional por excelencia no pasa del «fish and chips», ese trozo de pescado rebozado con patatas fritas envueltas hasta no hace tanto en papel de periódico.
Uno piensa que, forzosamente, algo debe haber genuinamente británico. Si hiciéramos una encuesta a la población del país, un 95 por ciento respondería sin pensarlo —no hay demasiadas opciones— que el máximo exponente gastronómico nacional lo compondrían el roast beef, perfectamente castellanizado ya como «rosbif», acompañado del famoso Yorkshire Pudding (harina, huevos y leche cocinados en el horno con el jugo de la carne). Poco más añadirían seguramente los encuestados, aunque, naturalmente, hay más, como el popular shepherd’s pie o pastel del pastor (básicamente carne picada con algunas verduras y puré de patatas) o el toad-in-the-hole —sapo en el hoyo, literalmente—, salchichas horneadas en una masa de leche, huevo y harina.
Esta contradicción gran riqueza cultural/gran pobreza gastronómica que encontramos solo aquí tal vez se pueda explicar, precisamente, gracias a ese carácter viajero y colonizador de estos grandes isleños. Los británicos cicuncolonizaron el planeta al tiempo que el planeta les colonizó a ellos con todo el peso de su variadísima cocina tradicional.
La cocina británica, al día de hoy, se compone de currys, kebabs, pizzas, arroces chinos, hamburguesas americanas, cuscús, chiles mejicanos y tantas otras especialidades de ultramar. Así la entienden la mayoría de británicos y, por supuesto, así lo ven todos sus visitantes.
En casa, at home, la cosa es incluso más triste. Los británicos comen gris y monótonamente. El plato de cada día suele consistir en una carne acompañada de algunas verduras hervidas. Nada más. Cualquier cocido, por ejemplo, podría parecer aquí comida extraterrestre (garbanzos, lentejas, habas). Cualquier pescado más allá de la merluza o el bacalao se consideran una exquisitez poco habitual, y no digamos el marisco. La mayoría de los británicos creen, sin ir más lejos, que los percebes no se comen, y la visión de una fuente con erizos de mar haría salir del restaurante a más de uno.
Con este panorama, si hubiera un consejo que dar al que visita este país es que aproveche la ocasión para probar la cocina exótica de lugares remotos. Aquí encontrará lo mejor y más variado en incontables restaurantes de todo el mundo: vietnamitas, hindúes, indonesios, griegos, turcos, árabes, argentinos… Con todos ellos se suple certeramente la carencia de una buena gastronomía propia y tradicional. Los mismos británicos buscan normalmente la comida internacional; pocos buscan un restaurante donde pongan un buen rosbif con Yorkshire pudding.
Gran Bretaña, en definitiva, tiene grandes encantos que la hacen acreedora de bastante más de una visita, pero desgraciadamente la gastronomía no figura entre ellos.

 


El legado del conde de Sandwich

 
  
Gran Bretaña no ha aportado grandes platos al recetario mundial, ni mucho menos, como tampoco ha hecho grandes aportaciones gastronómicas de ninguna clase… si excluimos, claro está, a su excelencia el «sándwich».
Los británicos, efectivamente, tienen el honor de ser los inventores —pluralizando— del sacrosanto sándwich, padre adoptivo del bocadillo español. El descubrimiento se atribuye al cuarto conde de Sandwich, John Montagu, primer lord del almirantazgo, a mediados del siglo XVIII y personaje con un carismático sentido de la corrupción. Parece ser que, siendo un empedernido jugador de cartas, ordenó que le sirvieran la comida entre dos panes, para así no mancharse las manos y tener que abandonar la partida. Hallándose sumamente práctico el invento, se extendió rápidamente por todo el reino, traspasando incluso fronteras, tal era la afición al juego que había por la época.
Es, si uno se para a pensarlo, un legado bastante más importante que, por ejemplo, el reloj de cuco que nos legaron los suizos tras 500 años de empecinada neutralidad.

 


El Decreto de la patata

 

Cuenta la historia que allá por las últimas décadas del siglo XVIII la hambruna azotaba cruelmente las tierras europeas. El principal sustento del pueblo, las cosechas de cereales, sufrían el castigo de plagas incontrolables cuyos terribles efectos se veían incrementados por pésimas condiciones meteorológicas.

En esta situación de desesperación, un botánico francés, Antoine August Parmentier, trata de convencer a los campesinos para que consuman patatas. Pronto el remedio se extiende por todo el país y llega también a al resto de países de Europa.

En un principio, las clases necesitadas europeas se niegan a consumir este tubérculo, pues el hecho de que crezca bajo tierra les inspira los más hondos temores relacionados con la putrefacción de la muerte. Pero la situación es tan grave que en Alemania, el propio Federico el Grande establece un decreto mediante el que se obliga a los campesinos a cultivar patatas. Parece ser que el interés del monarca fue tal que incluso dio orden a sus tropas para que vigilaran las huertas, asegurando que se cumplían sus deseos. Y el resultado fue tan positivo, el hambre tan sabiamente atemperada, que la patata, en un principio despreciada, pasó a convertirse en aliado definitivo de los alemanes tanto en tiempos de guerra como de paz, como ocurriría en todo el continente.

Y así hoy reconoce la historia que Federico el Grande aumentó su gloria con el que hoy se conoce como el «Decreto de la patata».

 
 
 

 


El pan, simbolismo y tradición

 
El pan nuestro de cada día…
 
La Piedra Blanca, como se reconoce el pan en los ágapes masónicos, es un elemento que siempre ha estado impregnado de un marcado simbolismo.
La Biblia está llena de alusiones a este alimento que sostiene a la humanidad. Desde la condena impuesta por Yaveh al hombre como penitencia a perpetuidad por su pecado original —«ganarás el pan con el sudor de tu frente» (Génesis, III, 19)— hasta el consuelo que ofrece «…a los que trabajan con diligencia, a quienes no faltará el pan» (Proverbios, XX, 13), el pan no deja de representar y simbolizar en el texto sagrado la retribución merecida por el trabajo y la virtud, sin olvidar la alusión al castigo cuando se prescinde de ellos, como se advierte al decir «…pero faltará [el pan] al impío y al israelita infiel» (Levítico, XXVI, 26).
La cultura cristiana también exalta el simbolismo del pan a través de su Eucaristía, sacramento mediante el que se transubstancian el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo. Los cristianos toman estos dos alimentos sagrados directamente de la Última Cena, en la que Jesús bendijo el pan, lo partió y lo dio a comer a sus discípulos, queriendo así representar litúrgicamente el cuerpo de Dios que se hizo hombre.
Las antiguas religiones paganas también concedían al pan un origen divino. En su Historia Natural, por ejemplo, Plinio hace notar que, según la leyenda, fue la diosa de los cereales y la fertilidad, Deméter, quien donó el pan a los hombres, prometiéndoles que con él vivirían sin sufrimiento.
En la milenaria y misteriosa cultura egipcia no faltaba nunca el pan de espelta (escanda) y de cebada en las tumbas para el sustento simbólico del difunto en su viaje hasta el Reino de los Muertos.
La tradición judía está especialmente impregnada de este alimento bíblico. En la mayoría de sus celebraciones religiosas constituye uno de los elementos centrales. Durante la comida tradicional del sabbat, día festivo semanal para los judíos, el cabeza de familia lo reparte ceremoniosamente entre todos sus miembros. Pero es en la Pascua cuando alcanza el grado máximo de simbolismo al servir de conmemoración de la apurada huida de Egipto. Durante toda una semana se comerá pan ázimo —matzoth—, hecho tan solo con harina y agua, en recuerdo de la prohibición que Yaveh dio a Moisés para que el pueblo tomara pan sin levadura al no disponer de tiempo para fermentarlo. En la cultura hebrea, este pan simboliza la liberación de la esclavitud.
La sociedad en su estado laico ha recogido el sentido profundo dejado por las religiones al considerarlo en muchas de sus costumbres festivas y rituales como muestra de hospitalidad y buenos deseos. En infinidad de actos y tradiciones ancestrales se entrega pan y sal a los invitados a modo de bienvenida. Igualmente, existen ceremonias matrimoniales en lugares de todo el planeta en las que la presencia del pan simboliza la gran trascendencia de la unión eterna.
La masonería, por su parte, como heredera de la más pura tradición simbólica, utiliza el pan en sus ágapes como alimento de comunión —participación en lo común— entre todos los hermanos. Los banquetes empiezan, como ocurre en celebraciones tradicionales de muy diversa índole, con el reparto del pan, una vez partido, entre todos los asistentes. Se simboliza así la igualdad, la sencillez y la importancia que tiene para el hombre el alimento espiritual.
En la simplicidad del pan se encuentran sabiamente reunidos los cuatro elementos alquímicos de toda tradición esotérica: la tierra, que hace germinar la semilla; el agua, que permite crear la masa; el aire, medio etéreo en donde se produce la fermentación; y el fuego, que es quien protagoniza el milagro de la transmutación en alimento.
En pan, por último, representa a través de su proceso de elaboración —grano, harina, masa y alimento— el ciclo cerrado e interminable de la fecundación que garantiza la perpetuidad del la especie humana.

 


El vino en la tradición simbólica

 
El vino, al margen de su uso puramente alimenticio, siempre ha estado relacionado con las deidades de cada momento y lugar. Hace ya mucho, los sumerios adoraban a la «Madre Cepa», Gestín. En Egipto, 4.000 años a.C., existen las primeras referencias de que el vino se atribuía a la gracia de Osiris, creyéndose que la uva no era más que las lágrimas de otro de sus dioses, Horus. Los griegos, por su parte, según refleja fielmente la mitología homérica, lo consideraban un regalo de Dionisos, y los romanos lo ofrendaban en el altar de Vesta de cada hogar, brindando a la salud del dios Baco. En tiempos pre-islámicos, también existe toda una tradición sufí adoradora del vino, como testifica la vasta literatura poética persa de la época.
Tan íntimamente está ligado el vino a la religión que cabría preguntarse qué fue antes: ¿el vino o la religión?
Es difícil responder a esta pregunta, pues la vid ha sido uno de los primeros pasos de la agricultura, y la agricultura, a su vez, junto con la religión, uno de los primeros pasos del hombre, en su forma pensativa y racional, como hoy se reconoce. Así que el origen de ambos, vino y religión, parece perderse en algún momento casi común del lejano pasado protohistórico del hombre.
Lo que sí parece claro es por qué fue el vino, precisamente, la primera bebida de carácter «mágico». El efecto embriagador del alcohol, por fuerza sobrenatural para el hombre primitivo, solo se puede obtener con tanta facilidad de una fruta tan azucarada y propensa a la fermentación espontánea como la uva. Así, tras unas primeras vinificaciones fruto más del azar que de la lógica cavernaria, el hombre descubrió el embrujo del vino. Y como todo lo brujesco es deísta en alguna medida, el vino no tardó en formar parte del culto religioso.
Hoy resulta fácil entender por qué aquel hombre de la misma especie que la nuestra, pero tan distante ya en sus volúmenes lógicos, captó rápidamente la esencia y trascendencia del vino y lo hizo suyo en todas las épocas y culturas. La pérdida del frío sentido de la realidad a través de la embriaguez en eras pretéritas extremadamente duras, es posible que haya sido la clave de la fusión del vino y la religión, manifestándose ésta comunión a través de todo un universo iconográfico.
La principal correlación simbólica del vino es, sin lugar a duda, la sangre. A partir de su notable similitud física y naturaleza algo mistérica, de un modo u otro, prácticamente todos los pueblos simbolizaron la sangre con el vino. En las culturas antiguas, más o menos bárbaras, era habitual beber la sangre de los enemigos tras cada batalla en la creencia de que así se apoderaban de su fuerza. Era, en definitiva, una forma de celebrar un éxito. Con el tiempo, y el progresivo refinamiento cultural de las celebraciones, se hizo necesaria la sustitución —simbólica— de la sangre por algo más accesible y menos «dramático». El vino se prestó con facilidad para ello por su fácil analogía y efectos «mágicos».
Los poetas griegos alababan la «embriaguez sagrada» pues permitía conocer, aunque de forma efímera, el universo de los dioses. Para esta importantísima civilización, el vino tenía un doble sentido. Por un lado representaba el sacrificio desde el punto de vista de la sangre y, por otro, significaba la vida eterna, la inmortalidad, la juventud interminable.
Para los persas el vino tenía tal importancia conceptual que en su antigua lengua se utilizaban hasta siete vocablos diferentes para referirse a él: mai, bādah, sahbā, sabuh, modām, jamr y sharāb. A veces se quería representar simplemente como una bebida intoxicante, otras como aquello que hace hervir el amor, en ocasiones por sus efectos divinos, por su esencia mística, etc.
Tal vez sea en el lejano Oriente donde el vino tuvo menos aceptación cultural. Incluso se cuenta que el fundador de la última dinastía china, Tai-Issue, aceptó en una ocasión un vino procedente de Tuen-suen, prohibiendo que se le volviera a ofrecer nunca más a él, ni a su pueblo. Esto no quita que el vino se hallara presente en dichos países desde hace muchos siglos, aunque ya no existe en ellos un reflejo simbólico importante.
Pero desde los tiempos paleolíticos, presumibles comienzos del vino, hasta nuestros días, parece claro que el epicentro simbológico del vino se sitúa en el entorno bíblico. En el Antiguo Testamento existen incontables referencias, como la de la viña que plantó Noe tras salir de su Arca para dar de beber a su descendencia, o la clara expresión alusiva del pueblo de Dios como «la viña del Señor». En toda celebración judeocristiana está presente el vino, incluyendo su más elevado concepto dogmático: la «sangre de Cristo». Hoy, en todo el mundo occidental, el vino sigue simbolizando la vida eterna gracias a la continuidad de la tradición cristina a través de sus liturgias y textos sagrados.
Oníricamente el vino también tiene un marcado efecto simbólico. Soñar que se bebe con moderación indica la búsqueda positiva de un nivel evolutivo superior, mientras que si en el sueño se llega al estado de embriaguez, el mensaje indica una ambición excesiva con efectos destructivos.
Conocido como pólvora roja (o pólvora blanca si es blanco), en el mundo lleno de símbolos de la Masonería, el vino forma parte del alimento gnóstico y espiritual que los hermanos comparten en sus ágapes. Significa salud física y salud espiritual y, en cierto modo, también es símbolo de la consecución mística.Cualquiera que sea su interpretación, su momento histórico o su entorno cultural, el vino parece haber sido siempre un símbolo de comunión «iniciática» entre varias personas (es raro su ensalzamiento desde la propia individualidad), como lo demuestran tantos textos sagrados e históricos.

 


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