Daniel Defoe

Daniel Defoe, creador del 

 
 

Fue, efectivamente, Daniel Defoe, curioso, singular e inescrutable personaje inglés, quien realizó el formidable hallazgo literario del . Su vida fue un tortuoso sendero de éxitos y fracasos enmarcados en una época llena de vicisitudes políticas, que, desde la Restauración de la monarquía con el regreso de Carlos II de su destierro hasta la llegada de la dinastía de los Hannover —la que perdura hasta nuestros días—, pasó por nada menos que seis reyes y una revolución.
Aunque no hay constancia en los registros parroquiales, se cree que Daniel Defoe nació en Londres en el año 1660. Hijo de un carnicero acomodado llamado James Foe, puritano disidente de ascendencia flamenca, parece ser que añadió a su apellido la elegante partícula nobiliaria «de», pasando a ser Defoe, cosa que demuestra ya un poco sus peculiares ambiciones.
De muy niño vivió dos de las mayores tragedias que se recuerdan en la historia de Londres: la gran peste de 1665 que diezmó su población, sembrando el terror y la miseria más espantosos, y el profiláctico incendió que la sucedió, en 1666, en el que quedaron destruidas más de quince mil casas de madera, la antigua ciudad medieval. Del recuerdo de aquella terrible plaga escribiría mucho más tarde su Diario del año de la peste.
Charles Morton (1627-1698) fue un clérigo de gran prestigio que estudió en Oxford junto con destacados personajes de la época, como el físico Robert Boyle, el economista William Petty o el renombrado arquitecto Christopher Wren, quienes fundaron en 1645 la famosa academia de las ciencias (Royal Society).
Estudió en la reputada Academia de Charles Morton, clérigo protestante disidente que fue expulsado de la Iglesia de Inglaterra merced a la famosa «Declaración de Uniformidad» en 1662. Los años en la Academia de Morton tuvieron una gran influencia para Defoe, que estudió, de forma bastante novedosa para entonces, materias como geografía, historia y lenguas modernas, además de las tradicionales que se estudiaban en las grandes universidades de Oxford y Cambridge, como latín, geometría, astronomía, retórica, lógica y otras.
Aunque su padre trató siempre de educarle para que se dedicara al sacerdocio, el joven Daniel se vio siempre más atraído por aspectos más terrenales de la existencia como el comercio o la política, aficiones que le llevaron a viajar frecuentemente por Europa. Su talento como comerciante nunca estuvo, sin embargo, a la altura de sus resultados finales como hombre de letras. En más de una ocasión en su vida se halló frente a la más completa ruina, con resultado de cárcel incluido.
A principios de la década de 1680, con apenas veinte años de edad, fundó un negocio de medias y calcetería en Cornhill que le fue bien, en un principio, por la gran demanda que había en la ciudad de este tipo de prendas. En 1684 se casó con la joven Mary Tuffley, perteneciente a una pudiente familia que poseía un negocio de toneles, con la que tuvo dos hijos y cinco hijas. A pesar de la azarosa vida de Defoe, parecer ser que su mujer no le abandonó nunca, permaneciendo a su lado en todo momento y ayudándole en cuanto le era posible para sacar adelante entre los dos a la numerosa familia.
Al poco de su boda, en 1685, ya se buscó los primeros problemas políticos participando en la revuelta surgida a raíz de la muerte del rey Carlos II contra su hermano Jacobo II por el problema sucesorio que se creaba al no tener el rey fallecido hijos legítimos para sucederle, que no bastardos, que llegó a acumular hasta dieciocho.
Aplastada la rebelión, Defoe hubo de permanecer escondido un tiempo en diversos lugares del país, y tal vez de Europa. Se dice —sin demasiado rigor— que en una iglesia en donde estuvo oculto un tiempo, encontró grabado en una piedra el nombre de con el que luego bautizaría a su legendario personaje, y, por ende, a todo el género literario. Finalmente, en agosto de 1687, el perdón real que ofrecía la Declaración de Indulgencia, puso fin a su clandestinidad.
En 1688 se hizo partidario de Guillermo de Orange, alistándose incluso en su ejército y obteniendo cierta buena reputación, lo cual no le sirvió para evitar que se arruinara estrepitosamente en 1692 por causa de varios negocios fallidos —comercio de vinos, barcos, rescate de tesoros— adquiriendo la inconcebible deuda frente a sus acreedores de diecisiete mil libras esterlinas ¡en aquella época!
Dos veces, como mínimo, estuvo en la cárcel a causa de esta dramática situación financiera, amén de la ingente cantidad de juicios a los que tuvo que hacer frente.
Desde el año 1695 hasta finales de aquel siglo xvii trabajó como contable, embarcándose, también, en otra aventura empresarial, una fábrica de ladrillos, que nuevamente encontró la ruina en 1703. Ese mismo año volvió a visitar las instalaciones penitenciarias de su majestad a causa, esta vez, de la publicación de uno de sus más conocidos panfletos: El camino más corto con los disidentes (él mismo era un disidente). Sin embargo, a pesar de que la condena era «a discreción de la reina», angustiosa sentencia que se daba a veces y que iba en función exclusivamente de la memoria —por lo general mala— del monarca, pronto se vio liberado por el político Robert Harley y los conservadores —los tories—, quienes prefirieron tomarle a su servicio en lugar de desperdiciar su reconocido talento dialéctico en las oscuras y anónimas mazmorras del reino.
Defoe tuvo que soportar también por aquella época el suplico físico y, quizás peor, el escarnio moral de la picota, a lo que respondió valientemente escribiendo un poema satírico, el Himno a la picota, que tuvo una gran repercusión en las calles de Londres. En él, lejos de suplicar clemencia a sus jueces, los criticaba agriamente diciendo que eran ellos quienes deberían estar allí padeciendo el suplicio para expiar su corrupción, y que, por contra, los que entonces lo sufrían eran los más honorables de los hombres.
Tan eficaz fue su trabajo como periodista, tan influyentes sus artículos, en su mayor parte de instigación política, que, incluso cuando sus libertadores y protectores, los conservadores, perdieron el poder, continuó en su puesto al servicio de los liberales. Durante años escribió bajo diferentes nombres falsos, T. Taylor, Andrew Morton, Eye Witness, Merchant. Sus escritos políticos llegaron a alcanzar una enorme difusión, granjeándole, al mismo tiempo, enormes enemigos que le perseguirían de por vida.
Samuel Richardson (1689-1761), novelista inglés cuya obra está escrita casi por completo en forma epistolar. Su técnica narrativa consistía en desarrollar lentamente el argumento a través de múltiples cartas que se escribían sus personajes..
Daniel Defoe fue una de las primeras plumas que escribió, en prosa llana, historias de personajes reales en circunstancias y ambientes también reales. Se le considera, junto a Samuel Richardson, creador de la novela inglesa. Sin embargo, no fue hasta cumplir los cincuenta y nueve años cuando alcanzó la inmortalidad literaria con su hallazgo del náufrago Crusoe.
Es posible que el refulgente éxito de esta obra haya eclipsado el resto de su producción novelística, escrita ya desde su bien entrada tercera edad. Tal vez sólo Moll Flanders se halla librado de ese olvido, aunque no ocurre, inmerecidamente, así con otras de sus obras como el Diario del año de la peste, Coronel Jack o Lady Roxana. Lo que es indudable es que Daniel Defoe fue uno de los escritores más fértiles de la historia, superando incluso a Alejandro Dumas con su batallón de «negros» perfectamente organizados, pues en su producción se cuentan más de 500 obras entre libros, artículos, opúsculos, panfletos y ensayos periodísticos de toda clase. Pero está claro que esto no ha quedado reflejado en su cuadro de méritos literarios.
Como a tantos otros grandes hombres de la literatura universal, a Daniel Defoe le llegó su hora en soledad y prácticamente abandonado por aquella sociedad en la que creció, luchó y sufrió, un 26 de abril de 1731 en la posada londinense de Moorfields. Tenía setenta y un años intensa y conflictivamente vividos.

 


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