Perfil de traductor

Soy traductor de inglés/español en ejercicio de la profesión desde el año 1985

 

 

ÁREAS DE ESPECIALIZACIÓN

 

Informática y telecomunicaciones:

Localización de software – Manuales de instrucciones – Guías de mantenimiento – Guías de instalación – Páginas web – Trabajos de referencia – Textos de divulgación técnica

Textos técnicos en general:

Manuales - Ofertas técnicas – Especificaciones – Normas – Tratados técnicos – Libros y revistas técnicas

Economía, derecho, comercio y empresa:

Informes económicos y financieros – Textos jurídicos – Contratos mercantiles – Documentos comerciales – Obras de divulgación – Correspondencia comercial

Gastronomía, hostelería y turismo:

Obras gastronómicas en general – Artículos sobre gastrosofía – Folletos turísticos 

MEDIOS DE TRABAJO

Herramientas de traducción:

Trados 2009 – SDLX – Idiom WorldServer – Deja Vu – Transit – ForeignDesk – Find & Replace – WinLexic – AcroLexic

Software de trabajo:

Windows 7 – Microsoft Office 2007 - Adobe Professional – Adobe Ilustrator – Adobe Photoshop

Hardware:

3 PC (actuales) – 1 portátil – 1 miniportátil – 1 tableta – 1 lector de e-book – BlackBerry – Equipo multifunción – Impresora digital – Almacenamiento seguro

Biblioteca en papel:

200 diccionarios de inglés – 600 diccionarios de todos los idiomas – Varias enciclopedias (Espasa, 115 vol. – Britannica – Grolier Universal – Larousse – Carrogio – Salvat – Plaza & Janés) – Total: alrededor de 8.000 libros

 

Miembro de: ACE (Asociación Colegial de Escritores de España) – ACTA (Autores Científico-Técnicos y Académicos) – CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) – ASETRAD (Asociación Española de Traductores, Correctores e Intérpretes) – TILP (The Institute of Localisation Professionals)

 


La informática: de los árboles al salón

Los esfuerzos de la humanidad por agilizar sus tareas de cálculo no son algo nuevo precisamente. En realidad, desde que el hombre tiene pulgares no ha dejado de darle vueltas a cómo ahorrar tiempo y energías para razonar y utilizar racionalmente sus conocimientos. Desde aquellas piedras para hacer cuentas que se supone pudieron usar los neandertalenses de una forma mágica y fetichista hasta los actuales niveles de potencia de cálculo encerrados en la mínima expresión física, ha llovido lo suyo.
Y sin embargo, es curioso observar cómo la marcha evolutiva de los conocimientos relativos al tratamiento de la información ha languidecido por los tiempos de los tiempos hasta prácticamente mediados del pasado siglo.
El artilugio más remoto del que se tiene constancia es sin duda el «ábaco», antiquísimo invento, en verdad, que se usaba —y se usa todavía en Asia— como instrumento de cálculo. Aunque en esto de las dataciones casi protohistóricas es siempre temerario concretar fechas, se puede situar su origen aproximadamente hace 5.000 años.
En su versión más primitiva era una suerte de encerado hecho con una tabla sobre la que se extendía una fina capa de arena. Con un palo, o mismamente con el dedo, se realizaban cálculos más o menos complejos gracias al uso de determinados signos. Más adelante comenzaron a utilizarse unas rayas horizontales sobre las que se colocaban unas piedrecillas que servían a modo de cuentas. Con los años —los siglos, más bien—, se construyó lo que actualmente se conoce como ábaco, ese tablero con unos alambres y unas bolitas. El hombre permanecería anclado a él durante mucho, mucho tiempo.
Parece ser que una de las primeras tentativas «informáticas» de la humanidad la protagonizó, como no podía ser de otra forma, Leonardo da Vinci en aquellos oscuros años en los que vivió, cuando se comenzaba a renacer a la luz de una nueva era —uno se pregunta qué hubiera supuesto para la humanidad que da Vinci naciera, por ejemplo, hoy mismo—. Pero lo cierto es que, como en tantas otras materias, no pasó del esbozo de unos rudimentarios mecanismos para el cálculo, constatando de nuevo, eso sí, su fabulosa capacidad de «presentimiento científico».
No fue hasta Pascal —Blaise Pascal (1623-1662) filósofo, escritor y notabilísimo científico— cuando se inventó la primera calculadora mecánica. Esta máquina, que Pascal construyó para ayudar a su padre con sus pesados cálculos administrativos, tenía ocho ruedas dentadas y permitía realizar sumas y restas, que no era poco para entonces. Aunque la pascalina, como se la conoció, no tuvo demasiado éxito, la comunidad informática quiso honrar la memoria de su creador con un lenguaje informático, el Pascal, que hoy en día sirve más que como herramienta de programación, como utilidad didáctica.
Todavía en tiempos de Pascal, el matemático alemán Gottfried Wilhelm Leibniz, tras conocer su máquina calculadora, creó una mucho más perfeccionada que podía, aparte de sumar y restar, multiplicar, dividir e, incluso, hallar raíces cuadradas, presentándola en la Royal Society de Londres en 1673.
Sin embargo, no fue hasta la llegada de la revolución industrial cuando se empezaron a valorar en su justa medida las repercusiones sociales y económicas que podían tener estos instrumentos. Así, en 1820 Thomas de Colmar comercializó la primera calculadora dándole el nombre de arithmometer, (aritmómetro), aún con bastantes deficiencias. A partir de este momento, principios del siglo xix, aparecieron diferentes modelos de máquinas para calcular.

Primeros pasos de una ciencia nueva
Lo que hoy se entiende por informática parte de lo que podría ser un primer ordenador digital ideado por el inventor inglés Charles Babbage. Conocido como la Analytical Engine (máquina analítica), este innovador aparato combinaba los procesos aritméticos con decisiones basadas en sus propios cálculos.
Aunque en este primer modelo de ordenador ya estaban contenidos los conceptos esenciales básicos que en años sucesivos darían cuerpo a la informática, no se pudo desarrollar comercialmente debido a que la tecnología de la época no acompañaba en sus progresos a las necesidades de materiales y técnicas de precisión indispensables para llevar a la práctica sus enunciados científicos. Los trabajos de Babbage quedaron, pues, sumidos en la oscuridad de algún cajón, hasta que alguien volvió a descubrirlos en 1937.
Otro británico, George Boole, realizó también durante el siglo XIX importantísimos ensayos de tipo «informático» prestando especial atención a las analogías entre los símbolos algebraicos y aquellos que se usaban para representar formas lógicas. El sistema de Boole, con sus operadores lógicos binarios Y, O y NO, se convirtió en la base de lo que se conoce como el álgebra booleana, auténticos cimientos de la informática actual.
Con el desarrollo de las tarjetas perforadas para el procesamiento de datos llevado a cabo por el norteamericano Herman Hollerith en la década de 1880, se puede decir que se puso el primer ladrillo en la construcción de la gran casa de la informática. Hollerith descubrió las grandes posibilidades que se desprendían de la lectura electrónica de unas tarjetas perforadas con arreglo a determinados esquemas lógicos por medio de una máquina diseñada al efecto que clasificaba los datos numéricos representados por los agujeros. De esta forma, inventaba un excelente sistema de tabulación que aplicaría inmediatamente a sus trabajos en la elaboración del censo de EE.UU. de 1890. Frente a los siete u ocho años que habían empleado en ocasiones anteriores, ahora lo conseguiría en tan solo dos.
Ya casi mediado el siglo XX, en 1939, los matemáticos norteamericanos John V. Atanasoff y Clifford Berry construyeron el primero prototipo de ordenador digital empleando por primera vez válvulas de vacío, cosa que lo hacía considerablemente más pequeño y silencioso que sus predecesores electromecánicos. Se le bautizó con el nombre de ABC, en previsión, quizás, de lo que el futuro depararía en materia informática. Muy por encima de las funciones simples aritméticas, su misión principal era la resolución de ecuaciones, considerándosele el primer ordenador moderno.
Después del ABC llegarían otros grandes dispositivos informáticos todavía muy voluminosos y con unas capacidades realmente insignificantes si se comparan con el más básico de los equipos actuales, como fueron el Mark I, terminado en 1944, una imponente construcción electromecánica de quince metros de largo por dos y medio de alto, cuyas operaciones se controlaban por medio de una secuencia de instrucciones codificadas en cintas de papel perforadas; o el histórico ENIAC, construido en 1946 que se considera el primer ordenador digital electrónico para múltiples funciones, al margen de las estrictamente matemáticas.
La II Guerra Mundial también trajo notables avances informáticos como fue la creación en Londres del Colossus, cuya función casi exclusiva era descifrar los códigos generados por los correspondientes dispositivos informáticos alemanes.
En los años cincuenta, los ordenadores aún estaban reservados para las grandes empresas y los organismos oficiales, y no todos, desde luego. Fue a partir de entonces cuando se lanzaron al mercado las primeras versiones comerciales que, en lo sucesivo, se clasificarían en…

Generaciones
Así, los ordenadores de primera generación tenían como elemento básico las válvulas de vacío y unas memorias hechas con diminutos anillos de metal ferromagnético encastrados en redes de hilos conductores. La programación de estos equipos, aún muy lejos del uso popular, se hacía, en un principio, directamente en código binario, para, posteriormente, usar los primeros programas ensambladores.
La segunda generación se sitúa a finales de la década de los cincuenta, distinguiéndose fundamentalmente por la sustitución de las válvulas de vacío por dispositivos semiconductores conocidos como transistores. Con ello se abarataban considerablemente los costes y se reducían los volúmenes. En esta generación de ordenadores, los datos se introducían por medio de tarjetas perforadas, empezando por entonces a usarse los primeros dispositivos magnéticos de almacenamiento externo en forma de discos y cintas. A esta generación pertenece también la creación del lenguaje de programación BASIC, ideado en un principio con fines puramente didácticos, pero que acabó convirtiéndose en un lenguaje estándar universal.
A principios de los setenta aparece la tercera generación, claramente identificada por una radical disminución del tamaño de los ordenadores. Los circuitos integrados sustituyen a los transistores, permitiendo con la fabricación industrial en serie el primer acercamiento importante de los ordenadores a un sector de público mucho más amplio. Comienza a usarse el término microordenador, que ya habita un gran porcentaje de empresas de mediano tamaño, y se pasa de trabajar por lotes a procesar la información en tiempo real con la posibilidad de compartir tareas. También se sitúa en esta generación el uso de redes conectadas a un servidor central, con lo que se descentralizaba el trabajo a través del teleproceso. Fueron los años del gran desarrollo de los lenguajes universales estandarizados como el Fortran o el Cobol.
En los últimos años de la década de los setenta llega la cuarta generación de la mano de Steve Jobs con su popularísima marca Apple. Son los primeros ordenadores con microprocesador, lo cual permite obtener unos equipos realmente manejables en cuanto tamaño y con un gran nivel de prestaciones. Los precios se sitúan ya al alcance de las pequeñas empresas, popularizándose definitivamente su uso incluso en el ámbito doméstico. Los ordenadores más representativos de la época podrían ser el Altair 8080 de MITS, el TRS80 de Radio Shack y el Pet de 2001 de la muy conocida por entonces marca Commodore.
Con la quinta generación aparecen los equipos pensados para usar programas de inteligencia artificial, redes inteligentes, así como los más avanzados sistemas expertos conocidos hasta la fecha. Son los ordenadores que hoy controlan la navegación por satélite, que gestionan los mercados financieros o que desarrollan programas de investigación científica por medio de la simulación.

Hoy
A estas alturas de principios de siglo, la informática se ha hecho omnipresente y su desarrollo omnidireccional. Todo, y no es gratuita la afirmación, está mediado por la informática y su brazo comunicador, Internet. La evolución de esta ciencia resulta tan exorbitantemente exponencial que nadie sabe a donde llegará en sólo cincuenta años.
Se ha llegado a decir que si la evolución de la industria automovilística hubiera sido paralela a la de la informática, hoy un automóvil costaría un euro, podría recorrer cinco mil kilómetros con un litro de gasolina y pesaría no mucho más de cien gramos.

 


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