Libro de estilo masónico

INTRODUCCIÓN

Los «libros de estilo» nacieron de la mano de los medios de comunicación, especialmente de los periódicos, con la intención de unificar las formas y el método de transmitir la información. 

Con el tiempo quedó clara su utilidad para canalizar estructuradamente los enormes caudales informativos que la sociedad genera, facilitando una comprensión más rápida entre tanta señal informativa y marcando al mismo tiempo unas pautas de calidad inherentes a cada medio. 

La fórmula del «libro de estilo» se extendió a otros ámbitos del conocimiento para desembocar de un modo científico en las conocidas como «normas de calidad» (ISO, IEC, UNE, etc.). 

Hoy, casi cualquier rama del saber tiene sus propias herramientas organizativas, sus fuentes reguladoras, sus referencias… Sin embargo, hay una que por diversos motivos no ha desarrollado ninguno de estos medios. Es la masonería, que por no tener correctamente regulado no tiene ni su propia definición en el diccionario. Explica el DRAE que francmasonería es una «Asociación secreta de personas que profesan principalmente la fraternidad mutua, usan emblemas y signos especiales, y se agrupan en entidades llamadas logias». 

Partiendo de esta base reguladora formal y oficial es difícil avanzar en la «normalización» de la orden masónica. Si somos una asociación secreta —chocantemente inscrita en los registros de asociaciones culturales de España y de tantos otros países—, ¿cómo podremos crear una estructura pública, común y coherente de nuestros conocimientos? Si ya de antemano estamos definidos frente a la sociedad como una «asociación secreta», ¿cómo podremos ser capaces de familiarizar a la sociedad con nuestra obra? 

La masonería tiene la desgracia de partir de una base un tanto pantanosa, unos orígenes algo inciertos en los que el mito y la realidad están fuertemente entrelazados. Hace tiempo, alrededor del siglo xvi, hubo una asociación de tintes esotéricos con un nombre que define bastante bien la masonería: «La Sociedad de la Bruma». Este nombre romántico y misterioso simboliza en buena medida lo que la masonería sigue siendo a ojos de la sociedad: algo un tanto nebuloso. 

Reconociendo que entre la bruma ha sido algo difícil ordenar nuestro método de trabajo, parece claro que va llegando el momento de aplicar la herramienta de la razón —tantas veces reivindicada por nosotros mismos— al tratamiento práctico del legajo masónico. Lo razonable es utilizar los conocimientos actuales de la gramática, la historia, la informática… con los contenidos filosóficos heredados a través de la cadena de unión de generaciones de masones. 

Esta orden, de tan difícil definición —hay que reconocer también—, se enfrenta paralelamente a otro problema en su camino hacia la ordenación y el esclarecimiento de sus valores. Se trata de una buena parte de los propios masones. En este gran engranaje humano, nos encontramos con muchas piezas que consideran que la masonería debe permanecer entre la bruma mientras exista. Para ellos, la esencia de todo esto se basa en el «secreto», independientemente de si éste existe realmente o de si tiene algún valor en sí mismo. En realidad casi les gustaría que la definición del diccionario fuera aún válida, y que todos volviéramos a la clandestinidad. 

Son muchos, desgraciadamente, los que siguen empeñados en crear represas del conocimiento, guardando en los cajones de sus casas montones de fotocopias con una documentación «pretendidamente» secreta o exclusiva, que ni lo es, ni despierta el interés de nadie. Viven suspendidos en una idea romántica de la exclusividad del conocimiento que en la era de Internet y de la igualdad de acceso a la cultura resulta, sencillamente, ridícula. 

Esta actitud hermética —banalmente hermética— ha sido un obstáculo durante mucho tiempo en el proceso de «naturalización» de la información masónica. 

Hoy en día se necesitan obras prácticas de referencia en todos los campos del saber; la masonería no va a ser menos. Y para que estas obras puedan tener una calidad a la altura de los tiempos, es necesario que salga a la luz, la luz con minúsculas, mucha de la información que se sigue escondiendo tontamente.  

El ejemplo más claro de esta manía oclusora lo tenemos con los rituales, los instrumentos realmente clave del trabajo masónico. La masonería existe gracias y alrededor de los rituales. Sin éstos pasaríamos a ser una cofradía más, no muy distinta de cualquier cofradía de amigos de la caza o del vino. 

Lamentablemente, los rituales siguen siendo el objeto más oculto y deseado de la masonería, aunque con el pequeño matiz de que tal objeto de deseo lo es solo para los masones, porque el profano no tiene ni idea de qué son, para qué sirven, ni mucho menos quiere perder su tiempo leyéndolos. 

Como resultado de esta ocultación paranoica de los rituales, estos documentos casi nunca se han visto beneficiados por los conocimientos prácticos actuales de la ortotipografía, por ejemplo, o de la historiografía. Todos los masones sabemos que la mayoría de los rituales están, literalmente, llenos de errores de toda índole, incluidas sonoras faltas de ortografía que deberían enrojecer a cualquier masón que tenga que verlas en cada tenida sin posibilidad de corrección en base a su pretendida inalterabilidad. 

La ausencia de información y referencia a este respecto es tan clamorosa que se dan situaciones realmente absurdas —y cómicas—, como la de la respuesta de un maestro masón a una consulta de tipo ritual que le hizo un compañero: «lo he consultado en el libro de Ricardo de la Cierva, y no venía nada». El maestro se refería al famoso libro antimasónico El triple secreto de la masonería, que presume de tener —y tiene— unos rituales completos de la maso­nería. Lo grave es que la anécdota es verídica, y que el gran beneficiado en todo esto es el propio Ricardo de la Cierva, que vive muy a gusto a expensas del infantil secretismo de algunos masones. 

Yo mismo, mientras trabajaba en la elaboración de este libro, me encontré con esta inconsciente sinrazón al pedir inocentemente a una hermana masona que me permitiera ver alguna documentación de su obediencia para estudiar cómo enfocaban el tratamiento de los femeninos. La hermana en cuestión me contesto con cierto estiramiento que podía deducir por mis palabras que ya había habido algún irresponsable que me había dejado ver documentación masónica —¡a mí, que también soy masón y maestro!—, pero que ella ni hablar, rematando su negativa con una frase para no olvidar: «el protocolo y el rigor son mi firma». Y con esto quedaba cerrado mi acceso a una documentación pretendidamente iniciática y secreta, con toda probabilidad muy mejorable en sus formas. 

En realidad, «el protocolo y el rigor» son libros como éste, los libros que buscan el esclarecimiento y sirven de ayuda para todos los masones. A los profanos, vuelvo a decir, todo esto les interesa bien poco. Además, ¿es que un profano, o un aprendiz, se van a convertir en maestro masón por conocer la palabra sagrada de ese grado? 

La aportación que hacen libros de referencia, como éste, es muy necesaria hoy en día en la masonería. El problema es lo reducidísimo que está el panorama editorial a este respecto, especialmente en el área lingüística del español. 

La presente obra, sin pretender establecer ninguna norma incontestable, ni ser excluyente con otras teorías o planteamientos, busca servir de ayuda en muchos aspectos prácticos del trabajo masónico en donde el propio masón y el investigador encuentran muy pocas referencias, principalmente por los motivos antes reseñados. 

El primer conocimiento, digamos «técnico», necesario para el tratamiento de la documentación —cualquiera que sea— es la simple y llana «ortografía», ampliada por un concepto más amplio, la «ortotipografía», el conjunto de usos y convenciones particulares por las que se rige en cada lengua la escritura mediante signos tipográficos. A este aspecto tan primordial, pero a la vez tan desconocido, se dedica una buena parte de esta obra. El método ha sido bien lógico: aplicar la ortotipografía general a los supuestos ortotipográficos de la documentación masónica. Aunque parezca increíble, la mayoría de masones todavía no tienen claro si el nombre de las logias, por ejemplo, debe escribirse entre comillas, en cursiva, o cómo. Muchos incluso se aferran a invenciones y usos propios que ya creen incuestionables, pero en las reglas ortotipográficas generales ya está contemplado prácticamente todo. No hay más que aplicarlas, y aquí se enseña cómo hacerlo en sana comunión con las reglas ortográficas de la lengua española. 

Mejorando las formas externas de la documentación masónica lograremos dar una imagen mucho más respetable de la masonería ante el mundo. Todos esos documentos masónicos que hoy nos representan en elementales fotocopias, llenas de errores, de faltas, con una maquetación de nivel escolar, sin el acabado profesional de cualquier documento técnico, científico o humanista moderno, no hacen más que poner en evidencia una gran precariedad cultural, por mucho que la escondamos en la bruma. 

En esta amplia sección dedicada a la ortotipografía, se hace una defensa —y una clara reivindicación— de una figura ortográfica única: los tres puntos masónicos (#). No existe otro signo que identifique más rápidamente un contexto cultural que esta simbólica formación de puntos. Su utilidad gráfica es extraordinaria, encerrando con maravillosa sencillez toda una simbología filosófica. Sin embargo, probablemente por desidia y falta de rigor, su uso tiende a la extinción, llegándose al caso de obediencias que expresamente reniegan y proscriben su uso. Bien es cierto que muchas de ellas no los llegaron a usar nunca, pero esto no excluye la posibilidad, aún a tiempo, de recuperarlos y hacerlos suyos con plena legitimidad. 

La recuperación y conservación de este tipo de valores únicos, y a menudo despreciados, es, precisamente, uno de los pilares argumentales de obras como este libro de estilo. 

En la misma línea de necesidad de referencias en el uso de las diferentes técnicas lingüísticas, resultaría inexcusable pasar por alto los medios informáticos con que se gestiona la documentación. Así, en otra sección de esta obra se abordan los aspectos, no por generales mejor conocidos, de Internet y el correo electrónico. ¿Sabemos bien cómo estructurar un mensaje de correo electrónico? ¿Estamos seguros de cómo hay que encabezarlo, con qué expresión debemos saludar y con cuál debemos despedirnos en el contexto masónico? ¿Sabemos hacer una firma electrónica, que además cumpla con la ley en materia de protección de datos? Si analizamos por un momento la bandeja de entrada de mensajes de nuestro programa de correo veremos que ¡en absoluto! Muy pocos mensajes mantienen una corrección técnica mínima. El reciente concepto de netiqueta, palabra derivada del francés étiquette (buena educación) y del inglés net (red) o network, que engloba al conjunto de normas de comportamiento general en Internet, es todo un mundo, desconocido para muchos, de buen gusto y estilo en nuestra interrelación con Internet. Quien lo conoce y usa ofrece una imagen de educación y exquisitez cultural que debería ser consustancial al masón que pretende y debe ser ejemplo para la sociedad.

La obra se completa con un estudio práctico sobre los antiguos documentos masónicos, los «Antiguos Deberes» u Old Charges, de gran interés histórico en el ámbito de la masonería, así como con otras secciones de conocimientos urgentes y prácticos, como pueden ser listas con los grados de diferentes ritos masónicos, vocabularios y listas de conductas ampliamente usadas en la masonería.

Un libro de estilo debe ser un referente práctico, esquemático, directo, objetivo e imparcial que podamos tener a mano sobre la mesa de trabajo. Eso es lo que busca y pretende conseguir esta obra, junto con la aspiración, quizás más alta, pero más importante también, que muchos masones tenemos a día de hoy: esclarecer lo que es la masonería a los ojos de la sociedad, situarla en el contexto de cultura filosófica e inciática que la caracteriza íntimamente, lejos de pueriles oscurantismos y estéticas brumosas, y lo más cerca posible de las ciencias humanas tradicionales.

 Javier Otaola, todo un referente masónico e intelectual, me lo definió muy gráficamente: «tenemos que conseguir sacar los libros de masonería de la estantería de ocultismo de las librerías».

Ésta es un poco la intención de la obra que tiene en sus manos: ayudar en la urgente y necesaria labor de esclarecimiento de la masonería a ojos de los propios masones y de la sociedad a la que pertenecen. 

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This entry was posted on Viernes, abril 1st, 2011 at 21:31 and is filed under 7 - Masonería, la Iniciación. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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