Textos Fundamentales de la Masonería
Estudio preliminar sobre los textos históricos de la masonería
Los documentos histórico s más antiguos que sirven para articular y comprender la Francmasonería se conocen como Old Charges, término normalmente traducido al español como «Antiguos Deberes», aunque más exacta, quizás, sería la traducción por «Antiguas Responsabilidades». A través de su estudio, hoy podemos trazar una línea continua histórica que une la masonería «especulativa» actual con su predecesora, la «operativa», sirviendo de prueba palpable sobre la estrecha vinculación de ambas.
Estos Antiguos Deberes constan de unos ciento treinta manuscritos fechados entre 1390, fecha del Manuscrito Regius, el más antiguo en su género, y el primer cuarto del siglo xviii, época de las universalísimas Constituciones de Anderson. En la presente obra, no obstante, se ha ido más allá al incluir, por ejemplo, las Constituciones de York del año 926, consideradas como el primer documento constituyente de la masonería operativa, y, por tanto, documento clave y «fundamental» de ésta, así como algunos otros escritos posteriores al conocido documento de Anderson —y Désaguliers—, también acreedores por sí mismos de un valor histórico fundamental para nuestros días, como son los Landmarks de Mackey de 1858.
No todos estos documentos se conservan completos. Aunque algunos sí han llegado íntegros a tiempos presentes, y en su soporte de redacción original, como es el caso de los impresionantes Estatutos de los Canteros de Bolonia, que datan nada menos que de 1248, la mayor parte apenas son trozos de pergaminos, hojas sueltas desprendidas o arrancadas de algún libro o extractos de actas de alguna logia, prácticamente destruidos por el paso del tiempo o por diversos avatares. Con toda seguridad, por ejemplo, en el gran incendio que asoló Londres en el año 1665 se perdieron incontables manuscritos que hoy serían valiosísimas pruebas documentales. Solamente la logia anexa a la catedral de San Pablo (Saint Paul’s Cathedral) podía albergar centenares de ellos. También la acción del hombre contribuyó en gran medida a la pérdida de muchos tesoros históricos. A la mano consciente y deliberadamente destructora del conocimiento de unos se une la acción incomprensiblemente censuradora de otros, como es el caso de la quema de documentos relacionados con la masonería operativa que en su día llegó a hacer el propio Jean Théophile Désaguliers, principal redactor de las Constituciones de Anderson.
En general, los Antiguos Deberes recogen normas que regulaban el exclusivo arte de la construcción en unos tiempos en los que la transmisión de los conocimientos no era fácil. De hecho, muchos de ellos ni siquiera se escribieron en el momento de su concepción, sino, incluso, siglos después, conservándose su conocimiento gracias a la transmisión oral de logia en logia. Téngase en cuenta, además, que la custodia del «saber» estuvo durante muchos siglos en manos de la Iglesia, poco favorable siempre a la tenencia misma de la sabiduría y, mucho menos, a su libre circulación entre los hombres.
Prácticamente todos los Antiguos Deberes son traducciones de variantes del inglés más o menos arcaico al inglés actual. Gracias a estas traducciones y a su análisis, hoy podemos saber cómo se organizaban los constructores —los masones o albañiles— del gran período arquitectónico que se extendió por Europa principalmente del siglo x al xvii. La masonería operativa, aquella que construía material y físicamente los templos y las edificaciones nobles, debe mucho a esta documentación, un poco «sindicalista», que regía su vida y obra.
Por prudencia, por miedo o por costumbre, los textos de los Old Charges, de los Antiguos Deberes, suelen estar redactados en una marcada clave de religiosidad cristiana, característica claramente medieval y, en realidad, reflejo de la era que les dio razón de ser.
El mensaje de fondo, el pragmático, es decir, la organización del trabajo, las reglas, obligaciones y derechos de los masones —operativos aún— venía a veces enmarcado entre referentes de carácter histórico y, con frecuencia, otros más bien de gusto legendario o mitológico. Su finalidad no debía ser otra que la de «formar» en la medida de lo posible, y, especialmente, dar un cierto sentido de exclusividad, de conocimiento esotérico y restringido, con el fin de unir y, quizás, hermanar a quienes tuvieran la «fortuna» de poder compartir determinados conocimientos pretendidamente exclusivos. En muchos casos, entre tanto ornamento histórico y legendario, saltan a la vista auténticos errores historiográficos, incongruencias cronológicas o fusiones inaceptables de verdad e invención. Tampoco ha de sorprender esto demasiado si tenemos en cuenta el precario sistema de transmisión del legado instructivo al alcance de la mano de quienes no eran ni clero ni nobleza.
En cuanto a la temática de la parte histórica de los manuscritos, aunque variada, existe cierta preferencia, constatada en varios documentos, por la construcción del Templo de Salomón. No faltan tampoco alusiones a otras construcciones del marco bíblico, como la Torre de Babel, o relacionadas con personajes del mundo gnóstico, como Hermes Trismegisto. Y por lo que se refiere a la latitud geográfica, la preferencia es Egipto, poseedor de un patrimonio arquitectónico de formidable antigüedad, sin olvidar el mundo clásico de Grecia y Roma, o el simbólico y codiciado Israel, la «Tierra Santa», en continuo litigio entre los dos grandes y más beligerantes orbes religiosos de la humanidad: cristianismo e islamismo.
Es muy frecuente que los manuscritos comiencen con alguna clase de invocación religiosa, e incluso plegarias, de obligada recitación a veces para los masones dentro de las Logias. Naturalmente, a diferencia, de la práctica especulativa actual de la masonería, que alienta, o defiende, o admite cualquier religión, en la masonería operativa europea de su tiempo solo tenía cabida la religión cristina, promotora, hay que reconocer, de las grandes construcciones sagradas y monumentales.
La sociedad gremial de los constructores tenía, siguiendo la tradición, algunos santos que la protegían, como era el caso de San Albano —St. Alban—, que amparaba, según diversos manuscritos, a los constructores de la Inglaterra medieval. La participación o referencia santoral es una constante en la documentación que forma los Antiguos Deberes. Incluso en las construcciones «no sagradas», como palacios o fortalezas, es habitual la conexión divina en un grado de mayor o menor misticismo. La sociedad laica era, por entonces, algo impensable, y es difícil concebir una obra de creación de la espectacularidad de aquellas edificaciones que se viera exenta de alguna forma de juramento bíblico. Son muchos los manuscritos que relatan o explican alguna forma de juratoria.
El juramento es, además, algo inherente e ineludible en la preservación del secreto, y, más concretamente, en la práctica de la iniciación que suponía ser admitido en el muy respetado y noble oficio de la construcción.
Pero, al margen del envoltorio histórico, místico e iniciático de los Antiguos Deberes, en el fondo con una intención meramente introductoria y ornamental, el cometido de este conjunto de manuscritos no era otro que organizar a todo un gremio, el de la construcción, vital para el poder repartido entonces entre nobleza y clero, y garantizar su perpetuación por los siglos y en bien del mismo poder. No en vano son varios los documentos que están auspiciados y motivados por el propio monarca, autoridad indiscutible medieval, como es el caso del príncipe Edwin, hijo del rey Athelstan, que llegó a constituir una asamblea general con el fin de organizar y dar forma a un nuevo código de leyes destinado a regir el noble Arte Real.
El fin último de los manuscritos de los constructores eran los «deberes» —o responsabilidades, como decíamos al principio— de éstos para con el gremio, para con la sociedad en sí misma, garantizando su desarrollo arquitectónico. No es para olvidar el hecho de que las civilizaciones se miden más por su imagen y rastro arquitectónicos que por cualquier otro criterio, forzosamente menos visible para las generaciones posteriores que las juzgarán. Egipto es, quizás junto con la Grecia clásica y Roma, el ejemplo más notable de civilizaciones altamente reconocidas en todos los aspectos de su existencia. Recordemos, por otra parte, que hubo otros grandes imperios, pero solo lo fueron de fuerza y dominación, no de cultura, como es el caso del terrible imperio de los mongoles del Kublai Khan, de los vikingos o, en otra medida, pero no menos feroz, del imperio otomano, que no dejaron huella en el registro histórico de la humanidad al no haber desarrollado el más duradero de los símbolos de cultura: la construcción.
Un primer estudio a vista de pájaro de lo que se conoce como los Antiguos Deberes parece demostrar que, en su mayoría, los textos que los forman no dejan de ser trabajos de recopilación y ampliación de unos articulados con otros. Efectivamente, la repetición, la superposición e incluso la fusión de documentos es una constante en la larga cadena de manuscritos de los constructores. Parece claro que incluso las piezas documentales más antiguas, incluida la de más antigüedad hoy reconocida, la Constitución de York del año 926, es fruto de la cocción literaria de otros cartularios o legajos más antiguos aún, sin querer con ello señalar ningún menosprecio a la calidad y valor histórico de todos ellos.
Pero, en realidad, al margen de lo que es el estudio propiamente histórico de estos documentos, lo realmente trascendental para la masonería especulativa actual es comprender la función que tenían dichos manuscritos dentro de las logias de cada época y de cada lugar. Las conclusiones históricas tienen una enorme importancia a la hora de dibujar la crónica general de todos esos siglos en el ámbito de la construcción y de la evolución misma de las sociedades, pero entender su razón de ser dentro de su propia utilidad práctica, su origen, su singularidad frente a otros documentos gremiales, ayudará bastante más, seguramente, a explicar muchas de las particularidades de la «construcción especulativa» de nuestros días.
Por lo general, los Antiguos Deberes —hay quien prefiere referirse a ellos siempre por su nombre original en inglés, Old Charges— se componen de una primera parte en forma de invocación religiosa (cristiana) o incluso de una pequeña plegaria, un cuerpo central de carácter histórico, en el que, en mayor o menor medida, se aporta un relato sobre la historia del propio oficio de la construcción, y, finalmente, una relación de los «deberes» u obligaciones que los masones contraían con su logia en el momento de su ingreso.
No parece muy probable que se leyera todo el documento o documentos cada vez que se producía una nueva incorporación de un obrero a la construcción, aunque sí resulta razonable creer que, como mínimo, las logias, el centro neurálgico de los equipos constructores, debían guardar con gran celo aquellos documentos que adoptaban para regir su modus operandi. Esto no excluye que el maestro de obras leyera a los recién llegados al menos la última parte de dichos documentos, es decir, la relativa a los «deberes» de los masones. Es posible, también, que la lectura de estos documentos se hiciera dentro de una puesta en escena más o menos iniciática. Sabemos que los constructores medievales, tenían, dentro de sus limitaciones como clase obrera, un particular prestigio y reconocimiento social y, especialmente, del clero y la aristocracia, su clientela natural y, por entonces, única.
En un símil un poco aventurado se podría decir que la posesión de alguno de estos manuscritos normativos —Old Charges— por parte de un equipo constructor, venía a representar una suerte de «certificación de calidad» como las que actualmente existen en la empresa moderna y que, en realidad, no dejan de ser una declaración de intenciones sobre cómo fabricar un producto o prestar un servicio. Su sola posesión creaba un halo de autenticidad a los ojos tanto de contratantes (nobles y miembros de la Iglesia) como de contratados (obreros masones o albañiles), una garantía en la que confiar, un sello de calidad, en definitiva.
Llegados al día de hoy, el enorme arco documental que forman estos manuscritos sirve —después naturalmente de su valor cronístico— un poco a modo de jurisprudencia masónica, una jurisprudencia que, es evidente, no existe en ningún otro oficio por ancestral que sea. Pero, a pesar del gran volumen de contenidos para su estudio que se desprende de toda esta documentación, las investigaciones verdaderamente rentables, desde el punto de vista práctico, no comenzaron hasta mediados del siglo xix.
Por entonces, y no deja de ser curioso el hecho, había constancia de muy pocas relaciones de documentos. Una de ellas, tal vez la primera conocida, fue la lista de 32 manuscritos recopilados por William James Hugham en 1872, que posteriormente, en 1895, consiguió aumentar a 66. Hasta 1914 no se conocería un «censo», por decirlo de algún modo, suficientemente exhaustivo de documentos históricos de la masonería —operativa y especulativa— gracias al inestimable trabajo de Albert Gallatin Mackey con la versión nueva y revisada de su monumental An Enciclopaedia of Freemasonry and its Kindred Sciences (Enciclopedia de la Francmasonería y sus ciencias afines), obra en la que llevaba trabajando desde 1873.
Por su parte, la primera y más importante Logia de investigación del mundo, Ars Quatuor Coronatorum, fundada en 1886 con el número 2076 de Inglaterra, también reunió y publicó en su volumen XXXI, de 1918, una completa lista de 98 documentos (Old Charges and Ritual, R.H. Baxter). Probablemente se trate de la relación más «fiable» de cuantas se encuentran hoy disponibles. Entre otros aspectos interesantes desde el punto de vista de la investigación, destaca el hecho de que la relación ofrece datos precisos sobre dónde se reprodujeron los documentos y en qué fecha.
Ya mucho más recientemente se han publicado diversas relaciones de documentos más o menos exhaustivas, como la muy interesante y científica lista de manuscritos recopilada entre 1999 y 2002 por el investigador Lee Miller. En este trabajo, Miller clasifica los documentos por fecha, familia, rama, tipo, categoría y otros criterios más aún, lo cual confiere a la lista un valor de estudio ciertamente atractivo.
This entry was posted on Viernes, abril 1st, 2011 at 21:04 and is filed under 7 - Masonería, la Iniciación. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.